Bartola
Nunca me había pasado esto, debo admitirlo. Ha de ser que estoy empezando a envejecer, que llevo demasiado tiempo sin hacer algo útil o que las ideas un día me dijeron "jódete, imbécil" y me tiraron a traición a un pozo que no esperaba (ámenme por amar el drama).
Tengo una historia que, desde el principio, me gustó mucho y dije "volviste, y no precisamente en forma de fichas". Se llama Bartola. De esta historia conocía el principio y presentía el final, como suele pasar. No sabía, sin embargo, qué había en la parte media.
Y ahora pongo la historia inconclusa, que de tener sólo tiene el principio (no me culpen, yo tampoco conocía otra parte) y carece de nudo, es decir, no pasa nada.
Para que no estén de huevones solamente leyendo, será tarea suya, si quieren, hacer la parte que sigue. No es un cuento interactivo, cada comentario NO debe ser hilo conductor del siguiente, etc, sino que cada quien escriba lo que se le venga en gana para la parte que sigue en la historia o sólo pongan un "Caníbal, ya no eres lo que eras, viejo", también se acepta.
Bartola
La historia de Bartola Cabañas es realmente difícil de contar pero fácil de resumir y eso la pone en ventaja contra otras historias y contra otras Bartolas.
Bartola ahora es bastante vieja. Tiene la papada colgada y unos surcos tremendos en la frente. Sus dientes están completos, eso sí, pero gracias al color verdoso tienen la apariencia de que resurgieron de ultratumba y vienen a cobrar algún tipo de venganza. Y algo así ha de ser.
Tiene algunos nietos a los que nunca ha cuidado porque dice que ella ya parió, ya dio de mamar y lo único que espera es morirse. No es que sea ojete o los maltrate o sea la mala abuela que todos no deseamos tener (esa viejita inquisidora que no dudará en ponerte en la hoguera ante la menor traición a la moral, las buenas costumbres cristianas y al bando de Policía y Buen Gobierno) sino que no quiere meterse en pedos. Consentidora tal vez pero nunca la sustitución de ninguna madre.
Don Pepito, que en paz descanse, siempre dijo de ella "esa vieja no se va a morir ni cuando se acabe el mundo". Don Pepe fue su marido pero se conocieron ya grandes, ya rayando los 40 y con hijos arados en otras tierras. Se conocían a detalle personal: Bartola sabía cuándo a Pepuco le daría el mal humor, el grado de suavidad que le gustaba en las papas, la perfección de la raya al planchar los pantalones. Don Pepe también sabía cosas parecidas de Bartola, detalles que se aprenden de tanto repetirse, como el significado de los silencios.
Pero de eventos históricos, nada. Nadie sabía qué había hecho el otro en su juventud ni cómo se las gastó, ni cuánta droga se metieron ni los burdeles en los que rebotaron. Fue un pacto desde el principio que Bartola mantuvo durante 30 años, inquebrantable.
-Yo de ti sólo quiero saber de hoy para adelante -le dijo en los primeros días- y lo que hayas hecho allá atrás, me vale una reconcha madre.
Había una razón para ello: Bartola tenía un pasado oscurón y maloliente, feo como sus pinches dientes verdosos.
A Don Pepe, por su parte, no le habría importado compartir sus andares de juventud que más bien fueron jocosos y no tirados a la mala vida... hasta que se casó por primera vez. Tuvo una esposa aburridísima y un hijo que parecía una ánima en pena, eternamente callado y sin chiste. Un día se sentó a verlos en su teatro patético de todos los días y pensó en lo bajito "estos dos se merecen uno al otro. Yo aquí salgo sobrando" Y sin mucho trámite, se fue.
Pero en Bartola la cosa era más compleja, pues no cualquiera se despierta un día acá todo fresco como la lechuga, se desayuna dos huevotes revueltos y, a la mañana siguiente, sin las novatadas propias del gremio, ya es un asesino.
Y hasta ahí llega.
Al final, la historia acaba mal para los personajes implicados. Amo el drama, no lo olviden. Además, eso lo afirmo porque, como dije, no sabía la parte media de la historia aunque la escribí dos veces. Luego basado en el instinto común se me ocurrió qué ponerle pero, créanme, el resultado fue algo que ni con palillos se sostenía.
Por otro lado, véanlo por el lado amable: es una caja como la que el aviador le dio al Principito, esa marranada en la que cada quien ve lo que quiere ver.
Échenle ganitas.
Fotos mías besándome con un payaso para quien adivine qué es lo que aparece en la imagen que acompaña a este post. Ni está tan difícil. Sólo advierto que morirá 7 días después de adivinarlo XD.


