Lástima
La única vez que quise causar lástima fue a los 6 años, en la primaria, a la hora del recreo. Me gasté el dinero en dulces y pendejadas mucho antes de que llegara la bendita media hora de paz y relajación y se me hizo muy fácil pegármeles a mis primos a quienes mis tíos paternos les llevaban tortas a la hora de la papa (en ese entonces y en esa escuela, los padres podían entrar sin pedos y regurgitar la comida en las bocas de sus hijos si así lo deseaban).
Yo sabía que me darían, sabía que sólo debía poner cara de hambre (lo cual no fue difícil porque sí tenía) y una torta de no-sé-qué estaría en mis manos, en mi boca y en mi panza lombricienta.
El plan fue un éxito y recordé lo bonito que es no tener hambre. Y pude haber seguido así, pude haber crecido creyendo que esa es una excelente forma de obtener algo cuando agotaste tus recursos... pero me cayó el pelo en la torta.
Otra tía mía (hermana de mi madre y apenas unos años mayor que yo) se dio cuenta de todo y fue de soplona a mi casa. Mi madre -una madre justa y amorosa- antes de cualquier cosa se acercó a mí para saber si todo eso era cierto, y yo -un hijo mentiroso y cretino- me vi traicionado por los nervios y me delaté antes de empezar a hilvanar mi defensa.
Mi madrecita chula agradeció el pitazo, se despidió de su hermana y, antes de que cerrara la puerta, mi tia y yo intercambiamos miradas: yo le dije "maldita perra traidora" y ella me dijo "pinche pepenador".
Después de eso, mi mamá me colgó de los pliegues del culo, con una bolsa de plástico me mantuvo al borde de la asfixia, me magulló los huevitos con unas pinzas y al final me dijo que por favor no lo volviera a hacer. Y no lo volví a hacer y me convertí en un hombre de bien... estéril, pero hombre de bien.
Esta anécdota viene a colación porque el tema de la semana en Readulativo es "Por piedad" y escribí una bazofita que tal vez te interese leer.
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