
Látigo Erótico era luchador exótico en Michoacán, en una arena de la que ya nadie recuerda el nombre. En unos meses se hizo de cierta fama y de algo de dinero, el suficiente para sobrevivir y mantener a una mujer preñada de un hijo del que dudaba el parentezco.
Cuando la oportunidad tocó a su puerta, Látigo la aprovechó y se coló a las filas de las grandes ligas: luchar contra los famosos que aparecen a nivel nacional en la televisión significaba mayor proyección y por supuesto dinero. Sin embargo, debía mantenerse en el bando de la flor, el rímel y los holanes, cosa que estaba dejando de ser entretenida pero que, como la mafia, parecía no admitir un paso atrás.
Esa cosa misteriosa que los ingenuos suelen llamar éxito comenzó a asomarse en el panorama a medida que los sillazos volaban frente a las pantallas y en arenas repletas; la fortuna fue haciéndole cosquillas en la cartera y todo parecía ir a las mil putas maravillas. Incluso el bebé tuvo la fortuna de nacer en un hospital aséptico, lejos de los focos de infección patrocinados por el gobierno.
Justo en ese momento de su vida, Labios de Fuego se le cruzó en el camino. A diferencia de Látigo, Labios de Fuego no fingía la mariconez y salió del clóset con todo y máscara (para doble sorpresa de sus padres).
Maldito el torzón pero bendita la forma: Labios entró al carril afortunado de Látigo la noche de una pelea en jaula, cacareada hasta el hartazgo, en la que desde una semana antes se había arreglado que ambos -junto a Divino Temblor- perderían la pelea. En los vestidores, mientras se ataba las botas, Labios le comentó a Látigo: "lo que no saben es que ganaremos, jijiji", como señal inevitable de que el arreglo se lo estaba pasando por la panocha en construcción.
El espectáculo fue genial; el desconcierto de los otros 3, que daban por ganada la primera caída, terminó en una furia y deseos de venganza que se tradujeron en una segunda caída ganada -contra lo arreglado- y en una tercera también perdida.
La desobediencia les valió que el respetable se desgañotara bajo la satisfacción de haber visto una pelea perfecta, con tanto apego a la realidad y a la técnica, que los que manejaban el dinero sólo se encogieron de hombros y aceptaron que la decisión de los rebeldes fue acertada. Pero lo que el público y los managers ignoraban era que Labios lo hizo inducido por la ilusión de una química personal, no profesional. Esa maldita mierda de siempre.
Labios de Fuego creyó en Látigo Erótico como tal, creía real el personaje creado a partir de la fanfarronería, la despreocupación, el valeverguismo y la putería. A pesar de saber que ya había nacido el hijo de aquel (que los comentaristas bautizaron como Chicotito Vengador), Labios estaba convencido de que Látigo fingía bajo el cuadrilátero, no en él.
Después de varias peleas ganadas, de que la fama derramaba de espuma el vaso de la billetera y los autógrafos, Labios de Fuego invitó a Látigo a una noche solos, en calidad de compañeros de peda, de hermanos de logros.
Cuando el alcohol ya había hecho su trabajo y ambos estaban en ese sabroso lapsus de desinhibición, Labios de Fuego acortó las distancias, regaló el abrazo y finalmente plantó el beso.
Látigo se quedó pasmado por una milésima de segundo, en la cual no hubo asco sino una sensación de una puerta diminuta que se abría: la de la duda. No dudó de su inclinación sexual sino de haber hecho lo correcto: haber decidido el bando exótico -por dinero-, haber firmado con la empresa monumental -por dinero-, haber aceptado la barrabasada de Labios de Fuego -no lo sabía pero presentía que desobedecer el arreglo de una pelea y salir airoso, significaba dinero-, haber aceptado más peleas junto a Labios, haberle mentido a su vieja para estar esa noche con el genio homosexual, quien justo en ese momento deslizaba la lengua para acariciar las comisuras del michoacano.
La bomba reventó en un vergazo contundente directo a la mandíbula del maricón. Otra milésima de segundo y la puertita de la duda se cerró: bien, era por dinero, pero no por eso tenía que aguantar los enamoramientos pendejos de una alma en pena.
Y a medida que Látigo descargaba los mazazos, Labios de Fuego se dejó aplastar, tal vez sólo cubriéndose lo básico, emulando ridículamente el dicho que reza "pégame pero no me dejes" como si tal cosa fuera aplicable en ese caso.
Se disolvió la sociedad. El cartel de las peleas de la siguiente semana se sustituyó por uno menos impresionante, menos exótico. Mantuvieron la amistad un tiempo. Procuraron enterrar el episodio pero lo dejaron en eso, en intento.
Látigo se cambió un poco de nombre (se quitó el adjetivo) y se pasó al bando de los rudos, con pésimos resultados. Labios de Fuego continuó con cierto impacto sobre el público pero estaba muy lejos de lo alcanzado junto a Látigo Erótico.
Chicotito Vengador, por su parte, se dedicaba a mamar como enfermo y a parecerse cada vez menos a su supuesto padre.
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