Muertos y moribundos
Recolectivo está todo lento y no jala chingón. Esperé a que el detallito se resolviera y poder publicar pero ps no sé qué onda. Por eso, posteo hoy aquí también lo que debí postear ayer allá.
Hablando de otra cosa pero casi de lo mismo, ¿alguien ya notó que Metatextos de plano se murió? Hay que hacer coperacha para pagar la renovación del dominio. ¡No se hagan weyes, cáigansen con el varo!
Ok, disfruten.
MITAD![]()
Jairo y Teresa trabajaron como mulas desde sus años más tiernos con el fin de comprarse un pedazo de tierra allá en Tocoxtepec, cerca de Cerro Chueco.
Era la clásica ilusión del matrimonio joven que se abraza y dice:
-¿te imaginas nuestra casa, con sus ventanotas y su pasto al frente?
-sí, mi vida, ventanas grandes, limpias, rojas...
-¿rojas?
-bueno, si las quieres verdes, pues verdes
-no, gordo, rojas está bien
-te quiero, flaca, y voy a hacer hasta lo imposible por tener nuestro nidito
Pero el nidito se pagaría casi con sangre: fueron años de completa joda. Por un lado, Jairo tenía que aguantar las humillaciones del dueño del rancho, un tipo que por el simple gusto de saborear el poder le ponía tareas semejantes a cavar una zanja y luego taparla. Teresa, por su parte, lavaba ajeno. Y eso era interesante porque al verla empinada fregando con tantas ganas, con ese empeño religioso, le bailaban las nalgas de una forma hipnotizante y parecía que se respondía la pregunta que surgía en cualquier hombre que la viera por primera vez: ¿esta vieja es puta o nomás tiene la cara?
Pero Teresa no era puta, ni putita, es más: ni siquiera tenía asomos de ligereza en su espíritu. Muy al contrario: era entregada en corazón completo a los cariños de Jairo, y si este hubiera querido, si hubiera tenido la malicia, sin ningún problema podría haberle vendido al diablo el alma de aquella y salir de la miseria. Mas el amor mueve montañas, aguanta humillaciones y sabe lavar ajeno.
Los años pasaron y el dueño del rancho envejeció, las ramas se le encorvaron, el pellejó se le pegó al hueso y uno a uno se le fueron cayendo los dientes como si olvidara apretar las encías para sostenerlos. Mientras, a Jairo le maduraba la maña. Y si saborear el poder infla el ego, saborear la venganza purifica el alma.
En su senilidad, el dueño del rancho veía en Jairo a un perro manso que lamía la mano después de la patada. Nada era más falso: los últimos 2 años, Jairo poco a poco le dio a firmar papeles en los que traspasaba bienes a su nombre; el dueño, entre la ceguera y el cansancio, firmaba cualquier cosa mientras aquel le dijera de qué se trataba. Los argumentos siempre eran simples: deudas, préstamos, compras. En cada firma Jairo sonreía entre la victoria y el desprecio.
-Te vas a morir solo, hijo de puta- pensaba el otrora perro manso cuando el dueño le regresaba el papel firmado.
Así hasta que llegó el día en que Jairo dijo: hoy te largas. Se sentó junto al viejo y en tono relajado hizo la pregunta directa:
-Viejo, ¿dónde están los centenarios?
-¿centenarios? no tengo centenarios
No hubo más. Un par de días después, el viejo estaba de patitas en la chingada y Jairo ponía la casa patitas arriba para encontrar los centenarios. Aunque nunca los había visto, aunque eran más leyenda ranchera que otra cosa, sentía que debía encontrarlos. Era la mitad que le faltaba para joderse al viejo por completo.
Nunca los encontró. La casa apenas se sostenía en puntales por tanto deterioro y nada de centenarios. Ese viejo cabrón, pensaba el perro ambicioso, me las va a pagar. Teresa vio cómo la casa se convertía en pocilga y cómo su marido mutaba en una pila de mierda cuyo centro era la avaricia. No dijo mucho, discutir no era lo suyo, pero se regresó a Tocoxtepec, a ese pedazo de tierra cerca del Cerro Chueco.
En esa casa que no era de ventanas grandes ni rojas ni limpias, ahí se quedó Teresa. Regresó a la casa en la que en el patio trasero, que alguna vez sirvió para engordar pollos, enterró su vergüenza.
Sucedió mucho tiempo atrás, cuando el dueño del rancho no era un animal decadente. Fue a visitar a Jairo, a pedirle un favor, a joderle el día libre, pero no lo encontró, sólo estaba ella. La palabreó, le infundió un temor fácil de infundir y media hora después estaban en la habitación del señor. Él se metió a bañar, ella revisó buró, cajones, rincones. Y ratoneando lo suficiente, encontró un lingote de oro. Sólo uno. Se lo echó al bolso y cuando el tipo salió del baño, con la verga en filo y dispuesto a cenarse a la pollita, la pollita pegó el grito y se dio a la fuga con el botín.
Hubo otros acercamientos, nada de relevancia. Teresa no aflojó las nalgas hipnotizantes pero esos constantes arrimones, esos roces y la única mamada que le dio, sintió que no los consintió gratuitamente, que cobró un lingote, un lingote robado, lo cual además de ponerla en las vías del calificativo ramera la plantaba sin rodeos en el de ratera. Por eso lo enterró. Por eso no le dijo a Jairo. Por eso pensó que tal vez el tiempo sí lo cura todo y con el paso de los años podría inventarle un cuento a su marido, desenterrar el lingote y por lo menos pintar de rojo las ventanas.
Pero ya para qué. Mientras Jairo desmadraba una casa en busca de una mitad que no encontraría, ella tenía una mitad innecesaria, un lingote y un par de etiquetas de baja ralea. Y le gustaba pensar que ella, como los centenarios inexistentes, era la mitad de algo o de alguien, pero no sabía exactamente de qué ni de quién.
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