Andar con un hombre casado

25 de noviembre de 2009

Digamos que en un bajón de la cordura tu corazón le abrió las piernas del alma a ese tipo que sabías era casado. No te importó, lo aceptaste feliz porque, coño, era ÉL.

Te trató muy bien, todo un galanazo. Supo decirte lo que necesitabas escuchar y fue delicado a la hora cachorra. Con las mañas que se alcanzan con el tiempo, te llevó al punto sabrosón de tus hervores. ¿Y tú? Pues nada, toda volcánica, toda entregada, toda convencida de que eso tenía que ser amor.

Ser la querida era un mote que sentías se quebraba poco a poco a medida que él te contaba las malas nuevas del día. Las peleas con ella, su clara manipulación con los hijos, su ambición por querer sacarle dinero, todo desvanecía esa etiqueta en ti, esa que está a un costado de la de las putas.

Hecha una bolita de ilusiones, le pediste que la dejara. O no se lo pediste, se lo insinuaste con una frase corta y con esa sonrisa que en las amantes peca de inocente. Él te dio largas: que sí, que no, que los niños se ven tristes, que el trabajo no se lo permite, que la crisis, las manutenciones. Razones que en el fondo te sonaron a pretextos pero que, ya casi muerta tu cordura, aceptaste con un poquito de esperanza. "Con el tiempo verá que yo sí lo amo" pensaste, segurísima de ti.

¿Y qué pasó? Nunca la dejó. Con el pretexto de ver a sus hijos, terminó revolcándose con ella de nuevo. Y cómo te purgó eso, cómo te hizo daño. La poca dignidad que te quedaba se la regalaste el día que aceptó que sí, que ellos dos cogían de nuevo, pero que lo hizo porque no tenía alternativa. Ajá, sí, claro. Y ahí estabas tú como buena pendeja para aceptarlo de nuevo. Pobre él, tan confundido, tan acorralado ¿Qué otra cosa podías hacer?



[Silencio]



Mira, yo no soy un pan de Dios y tú lo has visto, pero si una virtud tengo es que digo las cosas de frente. Y que ese pendejo te haya subestimado, no significa que yo también lo voy a hacer. Eres una mujer inteligente y capaz, vaya, admito que eres superior a mí en muchas cosas. Eso no me achica, al contrario, me confirma que no me estoy equivocando. Te amo, flaca, y te lo digo como es. Yo sí voy a dejar a mi vieja por ti, no como ese güey. Nada de largas, nada de hacerme la víctima, nada de pretextos para estar con ella. Te lo juro.

Bueno, pues ya llegamos.