Cuando tu mujer se convierte en tu madrastra
Amamos a las mujeres (hasta los putos las aman). Son suavecitas, protegibles, huelen rico cuando se bañan y algunas hasta son inteligentes, fíjate nomás. Tanto las amamos, que el pelele común incluso está dispuesto a matarse por el amor de uno de estos bonitos ejemplares. De ese tamaño.
Pero toda magia se acaba y con el tiempo la dulzura se convierte en un sabor amargo que nada tiene qué ver con el de sus puchas. Vaya, se transforman en unas perras mandonas -no todas, pero sí la gran mayoría.
El switch se activa con la familiaridad de la relación y poco a poco asumen que su pareja es tan perfectible que no dudan en restregarle sus defectos en las jetas y suelen acompañar la diatriba con un "siempre es lo mismo contigo" o un sabroso "te lo dije". Hombres del mundo, no desesperéis, ellas afirman que lo hacen por su bien (¡sí, de ustedes, tarúpidos!). Y eso es lo peor...
La perra mandona promedio ama o por lo menos quiere al objeto de sus críticas. Quiere un hombre mejor, uno que no deje los calzones tirados a medio cuarto, que seque el baño después de bañarse, que no se rasque los huevos cuando le pican, que no hable con la boca llena, que no deje pelos en la coladera, que no le vea el culo a otras viejas, que comprenda que un "sí" de ella significa "no" (y que pueda, lógico, saber cuando un "sí" es un "sí"), que la ayude a recoger frutas y a cuidar a los niños, vaya, que proceda en todo de acuerdo a como ella ve el mundo.
Es decir, como subconscientemente sabe que nunca encontrará al hombre perfecto se da el lujo de moldear a su pendejo según sus ilusiones femeninas.
Y aquí se parte el agua.
Como dije, el pelele común está dispuesto a morir por amor y por lo mismo se somete a seguir ciegamente las directrices. Es la clásica historia del hombre que perrofaldea y termina desintegrando a una banda excelente (lo hemos visto tantas veces), y la historia normal del tipo que camina detrás, controlando a los niños, mientras su mujer llega hasta el mostrador a oler todos los aromas en la sección de perfumería de Liverpool.
Sin embargo, un hombre con tanates, un vikingo ordinario, no duda en mandar de puntitas a la chingada a una mujer de esa calaña. ¿Porqué? ¡Porque hay otras mujeres!
Afortunadamente, un pequeño porcentaje de mujeres sabe controlar (malas noticias: todas lo tienen) el impulso de querer mejorar a su mascota. Simplemente la dejan correr libre por el campo, con sus defectos y virtudes, con sus dudas y soluciones, con amor y desamor, y no están jodiéndole la vida con que ellos hagan las maletas.
Son las menos, pero existen. Y podría parecer que son pocas para tantos hombres, pero no es así: hay un chingo de títeres allá afuera.
¿Qué hacer si tu vieja ya se convirtió en tu madrastra y echó tus testículos a la licuadora? No sé, mi buen, solo sé que no quiero estar en tus zapatos.


