Cuando tengas que decir una verdad, házlo viendo a los ojos, sin pestañear. Eso te da una credibilidad increíble.
Es una vía de doble sentido, con conductores ebrios y deprimidos ¿qué te hace creer que saldrás ileso de esto?
Si ganara la lotería haría varias cosas: renunciar, ir de vacaciones a los lugares que has visto en las películas, comprar una casa y un auto y amueblar la casa y modificar el auto. Luego, ya en el aburrimiento, pondría un negocio y volvería a ser un empleado.
Quiero un perro, un perro al que llamaré -obvio- Jicote y que debe morir después de que yo lo haga. El dolor de la pérdida es algo que no quiero volver a pasar.
También quiero una muñeca inflable que tendrá cualquier nombre, menos Dolly. La dejaré en la sala y cuando tenga visitas la regañaré por no levantarse a saludar.
Sexo salvaje, siempre.
La habitación está hecha un asco: ropa en el suelo, cama deshecha, telarañas en las esquinas y la sensación de que nadie, en años, la ha habitado por más de un día.
Escapó por la ventana, el cristal roto lo delata.
Todos los caprichos cumplidos.
Todos los deseos cumplidos.
Todas las locuras que terminaron con nosotros.
Todo el alcohol, todo la cruda moral y todo el azote postparto.
No sé tú, pero yo estoy que me muero por los años seniles.
La belleza interior es una falacia: nadie es completamente bello por dentro, solo proyectan serlo. Porque dentro de cada uno vive un indigente y una señorita vanidosa, un avaro y una señora de su casa, un hijo ejemplar y una oveja descarriada, un sacerdote que acosa al hijo ejemplar y un monje que fantasea con la oveja descarriada, un desinteresado en ayudar al indigente pero enamorado de la vanidosa, un vengador que acabará con el sacerdote y es esposo de la señora de su casa, etc.
Algunos en servicio y otros, claro, en potencia.
Mis viejas hienas, mi cañón con mira telescópica, mi satélite espía; mi isla ajicamada, mis plantíos de glándulas sanas, mi corazón en la mano como tarjeta de presentación, mis grandes expectativas...
Todo lo puse en venta, en barata, y ahora que soy un señor gordo, pelón, amargado y con bigotes solo me resta decir: gracias.
La mujer perfecta no existe pero sé que se llama Samantha.
Yo tenía un evangelio en el corazón, que debía repartir por el mundo. Todo iba bien, hasta que descubrí que tenía otros evangelios, que me empeño en llamar "apócrifos"
Mi Judas, y grábatelo bien, es más verga que el tuyo.
¿Qué sigue? ¿un apretón de manos?
Largo de aquí.