Hace una semana envié este escrito a una revista local para su posible publicación. El escrito gustó pero llegó tarde: la revista está en reacomodo total y no hay número en puerta al menos en los próximos 3 meses.
La aclaración necesaria (por aquello de la traición al estilo) es que la reva en cuestión está orientada a, aaaahmmm, concienciar a la juventud descarriada sobre los males y peligros de este mundo perverso. Es decir, no se permiten ni tantito sacarcasmo ni escupitajos en la cara del barroso lector. Una lástima, la verdad, porque eso siempre le da sabor al asunto.
Y ya, el niño es este:
Amor Pop
Ajá, llegó febrero. Mientras los candidatos a la presidencia municipal se tronaban los dedos en enero, los vendedores no perdían su tiempo y surtieron sus locales con productos dedicados al, ¡cof cof!, amor. Y no es que el amor no sea un sentimiento harto bonito, al contrario, sino que la forma en la que se abarata con tanta facilidad, resulta decepcionante. Pongamos de ejemplo a la música.
Ahora la mayoría de las canciones hablan de amor y sus autores las justifican diciendo que el amor es el sentimiento más grande que existe, lo cual es cierto pero, vamos, aceptemos que es una explicación bastante infantil para sustituir una verdad acerca de una carente creatividad. Cualquiera puede hilvanar un "te quiero" seguido de un "te necesito" y rematar con un "sin ti me muero" y la cosa se convierte en un producto digerible para el receptor enamorado o ansioso de enamorarse. El fanático común y corriente defiende esta situación diciendo que es libre, que su artista es la onda con todo y canciones chafas y que el mundo puede hacerse pedazos porque en gustos se rompen géneros. Y yo lo apoyo puño en alto en casi todo, exceptuando lo de las canciones chafas, claro.
El bajo grado de exigencia del consumidor promedio lo convierte en una victimita muy peleada. Sin él, no existirían las manadas de grupos juveniles que, en su gran mayoría, no tienen ni la menor pinche idea de cómo escribir una frase melódica sobre un pentagrama. Y es que para ser músico se necesita estudiar teoría musical, no sólo aprenderse unos pasitos monos y tener un rostro bonito. Digo, por si no lo sabías.
Los creadores de bandas y grupos enfocados a venderle un disco a un joven, saben que se trata de un producto (el disco, no el joven, aunque de repente parezca al revés) que requiere de elaboración sencillla y contenido destinado a satisfacer la necesidad de rebeldía o romanticismo propia de la adolescencia. Es feo, sí, pero así funciona el negocio.
Por eso, ahora que veo locales atascados de productos rosas, tarjetas y peluches, me pregunto si en verdad recordamos qué es el amor o si sólo compramos por comprar. Y esto de definir al amor está medio complicadón porque mientras yo pienso una cosa, Juanita de las Petacas piensa en otra. Pero, ok, hagamos el intento.
Para mí, el amor es una dulce agonía que despierta en la mañana y se niega a desaparecer incluso en sueños, convirtiéndote en zombie de tiempo completo. Te llena de energía, nervios estomacales y de impulsos estúpidos que te meten en problemas. Es una deliciosa y letal inyección de endorfinas. Es una mentira piadosa y un apretón de manos. Es mirar, como que de reojito, a la persona que te marea y gritar por dentro una confesión que se antoja obscena, sincera y llenadora. Amar es un sentimiento que en realidad no tiene nombre, que se propaga en uno como un virus con beneficios, que alimenta al alma y nos noquea dejándonos una hermosa sonrisa. Levántate y ama.
Esta sensación, repito, es más que un "te quiero" seguido de un "te necesito" y rematar con un "sin ti me muero".
Amar es gratis y así debería permanecer.
En fin, entonces ¿qué? ¿compramos a lo wey o sí sabemos amar?
Ojalá sea lo segundo. Por nuestro bien.
Y usted disculpe: a veces creo que soy publicable.