Costumbres
Esa noche fue la única que te vi pero definitivamente te veias menos bonita que otras noches. Andabas medio fodonga y medio peda y un maricotas era tu compañero de mesa.
La rockola tocaba Costumbres y yo la abrazaba por proveerme de un motivo perfecto para hacer el ridículo. Te hice sonreír con el numerito. Me preguntaste el nombre de la canción, y un par de canciones después te pregunté cuál habías puesto. Putita, dijiste, de Babasónicos. Jugando con el título y el gesto, me regalaste una de las sonrisas más cómplices que he visto.
Entonces recordé que eso de la complicidad a ti no se te da. Que lo tuyo era todo en ceros para escurrirte del sufrimiento. Un ¡salud!, una cita, abordarlos en el parque e invitarlos a salir. Siempre en ceros, porque así el dolor no tenía dónde encajar sus uñas.
Por eso asumí pendejamente que la de esa noche no eras tú. Pero sí eras. Y te dejé ir con el maricotas que se la pasó mandando mensajes y hablando por cel. Cuando vió que ya estabas ebria, te sacó del bar y te fuiste sin escupir ni siquiera un "adiós, pendejo"
Y no hice nada.
Lo lamenté esa noche. Y la siguiente. Y la siguiente a la siguiente. Todo un mes dándome de topes contra la misma rockola que con sorna me devolvía mis monedas para que pusiera de nuevo la de los Babasónicos. Mierda de coritos argentinos restregándome tu sonrisa en la jeta. Pinche cursi, estarás pensando. O loser o joto o imbécil sin huevitos, da igual.
Luego se me ocurrió la putada de ir a buscarte al parque. Esperaba ansioso que también a mi me llegaras de la nada y me preguntaras si estaba ocupado y me invitaras al cine y luego a la plaza. Con unas papas fritas y un par de coca colas compondríamos el mundo. Así de cabroncitos saldríamos.
Pero nunca pasó.
Te confundí al menos veinte veces antes de darme por vencido (es un decir, tú sabes que no daré mi bracito a torcer así como así): pensé que eras la morra bajita y con lentes o la otra alta y pechugona llena de lunares como cagadas de mosca o la morenita rechoncha rodeada de amigos tan pinches drogos que daba envidia, etc. Pero nanáis. Incluso cambié de parque y nada. Ni los asomos de tu complicidad en negación.
Eso sí, puras malas experiencias.
Hubo una pendeja a la que casi le volteo el hocico de una patada. Llegó preguntándome no sé qué estupidez y a los dos minutos quería saber mi signo, mi religión y mi sueldo. ¡Soy géminis, clasemediero y agnóstico hasta los cojones!- me dieron ganas de vomitarle en la cara, pero me contuve. Creo que al fin y al cabo su dios sí la protege pues me decidí por darle el equivalente en modales adecuados. Y se fue muy contenta de puntitas a la chingada.
No, la verdad no fue gracias a su dios. Lo hice porque pensé que estabas oculta entre los matorrales observándome detenidamente y apuntando en tu libretita mental mis calificaciones. Yo quería un diez. Quiero un diez. Un diez tuyo.
Estos últimos dias ya no he ido tanto al parque. Ni al bar. Ni a los coritos argentinos. Me metí una sonda, un suero y me dejé caer en coma durante una semana. A veces con la intención de causarme lástima, a veces con la honesta de querer morirme. Me encerré en un cuarto de cuatro por cuatro en el que sigo edificando un planeta que debería existir. Uno en el que estiro la mano y sin problemas te alcanzo. Uno en el que me dejas en la baba con tu plática y tus ocurrencias infantiles. Uno en el que te arrebato la boca y la hago mía como si no me tuvieras agarrado de las pelotas.
Uno que sólo existe en mi cuartito de cuatro por cuatro.













