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Miénteme como mienten las putas. Hazlo quedo, al oído, con saña.
Házme creer en todas las cosas en las que necesito creer. Hazlo en la mañana, entre el olor a café recién hecho y a cama revuelta.

Ya no quiero las mismas cosas de antes; mírame, estoy viejo y hambriento. Ahora sólo quiero un par de mentiras, un par de ilusiones para ir a repartirlas por el mundo como al evangelio que cargo en el corazón, ese rábano que ni a vergazos ha aprendido a dejar de mendigar.

Siempre fui un capullo andante y adolescente. Lo supiste entonces y lo sabes ahora y no sé porqué te extraña. Siempre tuve ese sabor a dolor y a desengaño y al 360 de Perry Ellis, a Absolut y a jugo de piña, a marlboro rojos y a salsa valentina, a triki trakes y a ganchos en el culo, a miradas perdidas y a sonrisas sinceras, a incienso, a porciones equitativas de desmadre, sobriedad y desesperación por cantidades obscenas de chocolate. A tí.

Me vestí con mis mejores garras. Salí con paso garbo pero me delataba la ignorancia. Busqué en otros lugares, hice amistades peligrosas y me hinché la panza fumándome sus tabacos y sus discursos del 68.
Dejé carteles pegados aquí y allá, solicitando sus favores. Me encadené un lazarillo a cada pierna y salí en ridícula procesión a los linderos de la muerte. Qué iba yo a saber de las estafas que me esperaban...

Luego ese amanecer y la música de fondo.
Correr y correr porque se te hace tarde. Buscar una razón, un pretexto para no volarle la cabeza al primer pendejo que osara interrumpir los pensamientos. Tanto valor a algo que en verdad no vale. Tanto sombrerazo y palabras en dialecto. Tanto cavilar para terminar exhausto, sentado en una banqueta, rascándose los pantalones por unos centavos y un poco de agua.

Fue un error vender mis esperanzas pero tuve que hacerlo. Me ganó el miedo, el miedo al tiempo y el miedo a las 500 putas que reclamaban mi cabeza.
Y ya no supe más. Dos noches después del trato perdí la razón y la cuenta de los días.

Hubo una más que me llenó la cabeza de gusanos, pero no era de las buenas. Era una perra astuta, de labios delgados y pergaminos en los que escribía sus barrabasadas y las guardaba en cada poro. Yo la seguí como un enfermo. Me arranqué los ojos y los huevos y me até una cuerda al cuello.
El día de la cuerda, y que Dios me haga mierda si no es cierto, ese día me aventó una mirada de lástima y una sonrisa victoriosa.

Pero era de esperarse que no durara mucho su reinado. Cuando todo acabó mal, firmé mi renuncia y a la salida me entregaron mis pertenencias. Me dejaron en libertad, sí, pero también un costado herido.

Y luego llegaste tú con tu parvada de problemas. Yo nomás levanté tantito la mirada pero no me arranqué del pavimento. Me quedé esperando no sé qué y te metiste a la cocina. Toda la tarde. Toda la noche. El resto del año.

Salí a matar gigantes y a visitar a mis amigos los revolucionarios, esos pobres lobos que viven del recuerdo y que no cambian el discurso, la posición ni la bandera. Al regresar a casa y verme las manos manchadas de sangre, solo atinaste infantil a ofrecerme tu ayuda. No supe entonces qué responder.

Pero ahora sé:
Miénteme como las putas. Hazlo en la mañana, entre el olor a café recién hecho y a cama revuelta. Y tómame entre tus brazos. Y arrebátame los colgajos que me queden de Dios, de Diablo y de destino. Y que todo se vaya de cabeza a la chingada, ok, pero no sin antes haber vivido nuestras groseras dosis de sabroso engaño.

Tú sabrás a qué le tiras.



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3 comentarios:

Mia :

¿POorqué haces esto? Te vas, luego regresas. Escribes puras chingaderas y luego vuelves a escribir como antes.

Si fuera buga ya tendrías mis calzones en la cara!!

Te extrañé de a madres.

karlos :

aplausos! klaro ke si

César Tzu :

chingon mi cani, se lo voy a piratear ;)

debo de confesarle que de vez en cuando leo su historial y se encuentra uno joyitas como esta que no habia leido.

y ya...

Anda, deja tu letanía...

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