Cada que se quedaba jetón, las cucarachas rebeldes usaban su boca abierta y babeante, como refugio, nomás por chingar. Todo iba bien, el plan se trazaba con esmero casi religioso y la cucaracha líder daba cada vez mayores esperanzas de apoderarse de la casa.
Él despertaba con ese sabor metálico que dejan las cucas, pero nunca se preguntó a qué se debía, pensó que era el estómago, la gastritis, el reflujo grastroesofágico, y se daba por contento con esas explicaciones de botiquero.
Cierta vez, a una cucaracha peón le aburrió el discurso que la líder preparó para esa noche. Parada en una muela del juicio, levantando cuatro patas, la líder gritaba en cucaracheño "La casa es casi nuestra! lo tenemos acorralado! mañana es el golpe!" Mañana, mañana, mañana. Y mañana nunca llegaba, siempre había retrasos, así que la cuca peón decidió salir a explorar el mundo.
Caminó por la mejilla y dio algunas vueltas. Llegó al cabello pero se le hizo un camino demasiado complicado. Y con la curiosidad que despierta cualquier orificio, entró al oído derecho.
Y todo se fue a la mierda.
Al sentir que un putero de patas le rascaban el tímpano, el tipo cerró bruscamenta el hocico, matando a las seis cucarachas que creían serían amas de la casa. Echó un escupitajo enorme. Vomitó. Y corrió al baño a sacarse con unas pincitas a la cuca exploradora.
Pedacitos de rebeldía echados a la basura. Una pata por aquí, la cabeza por allá, una antena más pa allá. Qué lástima, la verdad.
Luego de curarse la infección y de semanas de la tan querida autoterapia, el tipo pudo volver a dormir tranquilo, babeante, sin imaginar, por supuesto, la emboscada que le tenían preparada los hijos de puta ratones.