He leído en algunos blogs que está de moda poner una chingadera que titulan "50 cosas sobre mí". Si mal no recuerdo, esa cosa la escribí hace ya como tres años, pero no está de más actualizar mi lista de perversiones y de, ¡ay!, secretitos.


50 cosas sobre mí


1. Soy Tauro, flaco, prieto, panza de niño somalí y tengo un lunar entre los ojos -signo inequívoco de genialidad.

2. Cada que subo a un auto, pienso en la posición que debería adoptar para evitar romperme el menor número de huesos en caso de que éste chocara. Esta hermosa fobia se la debo a un curso de la cruz roja en el que nos dijeron que un motociclista tiene enormes probabilidades de sufrir doble fractura de fémur cuando choca. Lo estúpido de mi cerebro es que no racionaliza que está viajando en auto, no en moto.

3. Tiendo a ayudar a los desconocidos que me lo piden, ya sea con 5, 10 o 50 pesos. Creo que no voy a estar contento hasta que uno de ellos me atraque y me deje desangrando en una banqueta oscura y desolada.

4. Soy tan ateo que Buba duda de su existencia.

5. Me encanta el sexo, pero mi nivel de cachondería depende mucho de con quién esté. Un par de tetas y un culo no me prenden automáticamente, soy más mental y putete que eso.

6. No puedo escuchar música cuando escribo.

7. Mi mayor proeza infantil es haber dejado cagadas las paredes de un baño. Mi madre casi me despedaza.

8. No tengo el hábito de la lectura. A duras penas leo blogs, y eso allá cada que muere un judío.

9. Desde los 6 años y por alguna extraña razón que no comprendo, me persigue la maldición de gustarme las mujeres cuyos nombres empiezan con la letra O. Sólo con una se me ha hecho y no me quedaron ganas de más...

10. Disfruté mucho la sensación de desamparo y peligro que se sintió en toda la ciudad al día siguiente del huracán Wilma. Valió la pena estar aquí.

11. Nunca he llorado por amor o desamor.

12. No he madurado. Eso es algo que no se necesita cuando se nace siendo viejo.

13. Uso champú, acondicionador y gel o crema para peinar. Y no, no soy puto.

14. A veces soporto la hipocresía, la mojigatería y la actitud sensibiloide de las mujeres, pero nunca, ¿leíste bien?, nunca soportaré que sean melindrosas en la cama.

15. Denme chocolates o duraznos en almíbar y me mantengo sentadito en un rincón sin hacerla de pedo.

16. A las tres chelas soy un escucha perfecto. A las seis chelas soy un platicador con cierto encanto. A las diez chelas resuelvo todo tipo de problemas. Y ya por ahí de la chela doce o trece, levito, domo leones, levanto un auto con una mano, atravieso las paredes...

17. Tengo problemas para lidiar con la figura de autoridad.

18. No sé sentir morbo.

19. Lo he dicho otras veces y no puedo evitar repetirlo: me habría encantado tener una hermana. Siento que es algo que siempre voy a extrañar.

20. Clasifico a la música bajo el principio de Duke Ellington: "If it sounds good, it is good" Y nunca ha fallado.

21. Me encanta escribir. Jamás lo he hecho porque me considere una verga o pretenda algún día vivir de esto. Lo hago porque tengo un sonsonete en la cabeza que resulta delicioso saborear al momento de escribir, es como si alguien me dijera cosas chidas al oído mientras lo hago, o como cuando tienes un putero de sed y calor y te echas agua fresca en el hocico.
Algo así, no sé cómo explicarlo.

22. Si fuera mujer y estuviera buena, definitivamente sería una puta talentosísima.

23. Quiero tener dos hijas: Paola Alejandra y María José. Si tengo un morrito se llamará Damián.

24. Nunca he visto ovnis, ni me han espantado, ni he visto duendes, bolas de fuego o escuchado lamentos de ultratumba. Y me emputa, porque siempre he querido que me suceda algo de eso.

25. A la poca gente que me conoce y amo, le entrego todo. A los desconocidos, y siempre lo he sabido, sólo hay que darles la mitad de eso.






Hoy desayuné chocolates y mi cabello se deshizo del gel. Para mi fortuna, no huelo a jabón rosa venus. Escapé con éxito.

En un mes estaré en el df., luego iré dos días al paraíso y luego a querétaro. JC dice que el orgullo chilango está justificado porque ellos vienen del futuro. JC, por supuesto, es chilango.

Iré a que me atraquen, me revuelquen y me embriaguen.
Buba quiera que no escape con éxito.

Otro post algún día de estos. No se impacienten.






Llegué al pináculo de la ridiculez un diciembre de mal agüero. Mis hombros, débiles como el resto de mi cuerpo, intentaban apoyar a una alma en pena que se atravesó en mi camino por un error que no me perdonaré jamás. Y tal es la fuerza de la reproducción, que quise tirármela al primer intento. Ella no huyó despavorida, era demasiada su inmadurez, pero tejió un hilo al que le llamó "amistad" y utilizó sólo unas cincuenta mil veces de pretexto para atascarme las mangas con sus mocos sin fundamento.
Nada qué perder. Que se le pudra la panocha.

Era la época del calor invernal y de hacer estupideces, y una rajita menos era lo de menos. Hacían falta otras emociones, drogas lo suficientemente fuertes y conversaciones que pudiera recordar lleno de alegría en una peda monumental.
Tenía que hacer algo para no volverme imbécil. Y tenia que ser pronto.

Entonces corrí en pelotas por la avenida. Mis huesos tilicos se tambalearon fingiendo una libertad que ahora se me antoja adolescente. Mi madre me miraba con asombro, mis amigos se partían el culo con tanta carcajada.
Corrí todo lo puta que quise, con ese honor infantil que las madres inculcan a sus hijas, como si ignoraran que semejante chingadera de poco les servirá en la carnicería que les espera por vivir, porque se puede jugar a la ramera que intenta enamorarse, pero al final del pedo todo acabará hecho mierda... sobre todo el rábano colgante que se tiene por corazón.

Alguien comentó entre líneas que una bala no me vendría mal. Lo dijo en broma o lo dijo en serio, pero la idea era buena. Y un intento de suicidio, coño, a esa edad sería comprensible y no pedirían explicaciones. Pero me faltaron ganas.
Y es que me aburrí de vivir.
Me aburrí de tener enfrente a una legión de pendejos que siempre tienen mucho qué decir pero que no saben escuchar. Me aburrí del alcohol, de las putas, de la orfandad fingida, de la mojigatería femenina. Me harté de todo. Quedé tan asqueado, que la idea romántica del suicidio se redujo a una absoluta estupidez.

Para mi fortuna, ese diciembre terminó en un charco de sangre. Se arrastró indefenso pero no humillado. Jamás bajó la mirada, jamás suplicó un perdón, que aunque para las exigencias de los tiempos no era necesario, siempre viene bien para el expediente de un ego inflamado hasta las talegas. Un «vete a la verga» en el último suspiro fue suficiente para una ovación de un público de pie.
Y todos contentos.

Pero les soy sincero: yo lo celebré discreto, con una sonrisa, a lo mucho, porque no conozco a nadie que se jacte de tener el trofeo de una derrota, ni de cagarse de la risa cuando carga a cuestas a un muerto que no es el suyo.
Y uno de estos, al menos para mí, no es cualquier cosa.






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