Esta foto la tomé más o menos a las siete de la tarde/noche.
A pesar de lo poco que me gusta la playa, no puedo negar que me gustó mucho la foto.




Tenía tiempo que no iba a la playa. Creo que la última vez que me paré en ella fue cuando vino Manuel, nos tomamos unas chelas y platicamos dos que tres pendejadas, aunque no tratamos de componer al mundo.
Esta vez tampoco traté de componerlo, creo que poco a poco me he ido deshaciendo de ese vicio adolescente, y sólo me queda cierto dejo de cinismo... o algo que se le parece.

Fui con unos camaradas del trabajo. Nos echamos unas chelas, una cáscara y una plática llena de modismos tabasqueños. Que si el peje por aquí, que si la bañada por allá... mamadas de esas.
Me gustaría decir que el cielo tenía algo especial, que la gente se veía diferente o que tal vez por ese instante me sentí agradecido por pisar la arena drenada y las sabritas que la Vitola se atrevió a desperdiciar como si fueran abrazos decembrinos. Pero no fue así.

Me doy cuenta de que el día que me largue de este intento de ciudad, no extrañaré ninguna parte de ella. Todos sus putos rincones, a pesar del tiempo que llevo de recorrerlos, me son ajenos. No me pertenecen y saben perfectamente que no les pertenezco. Y la gente me dice "ah, tienes dieciocho años viviendo aquí, entonces ya eres de aquí", pero no es cierto, no lo soy.

Aquí la perrada trae consigo sus pesebres y pretende llenarlos de corales y ceviche, de gringas, de sol y de cerveza. Se comieron tantos folletos publicitarios que creen que en verdad este es el paraíso o que hay que correr como ratas lo más rápido posible a Playa del Carmen y la Riviera, el nuevo gran paraíso.

Yo no supe dónde tiré mi pesebre, así que no hay nada en esta sodoma que pueda llevar conmigo. Sus trincheras son tentadoras, o eso dicen, pero no me seducen. Ni ellas ni sus putas ni el tam tam primitivo de sus tambores.
Lo sufriré por los recuerdos... o algunos de ellos. Porque a pesar de las contusiones, uno se acostumbra a las personas, a sus palabras, a sus gestos, a sus moditos chistosos de caminar o de iniciar una plática intrascendente que no dejará mayor beneficio que la dulce calidez de la compañía. Y yo amo esas cosas, Buba, las amo.
Pero aun así, se hundirán sus capillitas de placer, se hundirán entre el mar, la mierda y cincuenta mil toneladas de sargazo. Y no quiero estar aquí cuando eso pase. Quiero estar lejos, sentado en el suelo comiendo peyote o admirando encantado las luces de la aurora polar.


Si sigo diligentemente los planes, tal vez el próximo año dé el primer paso y me vaya a morir a Querétaro. Y ojalá que sea así y que nunca regrese a vivir con esta ramera y su aliento alcohólico, porque ya estoy hasta el culo de levantarme en este clima húmedo y salado como una panocha en eterna calentura, y de tener que ver a los mismos animales convencidos de una buena suerte que sólo logro traducir en absoluta pendejez.


O quien sabe, a lo mejor muerdo el anzuelo y termino ahogado en mi vómito, satisfecho entre las piernas de una rancherita, con quince latas de cerveza encima y sin un puto peso en la cartera...

Pero, Judas, lo que has de hacer, házlo pronto.






Mi cuñada está embarazada. Para finales de año, mi hermano será padre, mi madre será abuela, y yo seré tío.

La pregunta de ley acerca de las preferencias sobre el sexo del bebé, arrojaron una respuesta unánime que considero decepcionante: les da igual. Y aún más decepcionante resultó escuchar decir a mi cuñada que el feto es incapaz de oírla y que por lo tanto considera inútil hablarle ahora o en los meses anteriores al nacimiento.
Lo sé, eso se llama ignorancia, pero no puedo hacer mucho al respecto.

Yo quiero que sea niña, a pesar de la maldición que eso significa. Me llevo mejor con las mujeres, con la perrada masculina me llevo bien, pero no como con ellas. Y quiero llevarme bien con mi futura sobrina, aunque dudo mucho que crezca cerca de nosotros.
Si es niño, bueno, no es que le daré de patadas cuando se me acerque, pero definitivamente la relación será diferente. No sé comunicarme bien con otros hombres, simplemente no sé cómo hacerlo, y es cuando me afirmo que mis amistades venusinas han tenido demasiado impacto en mí.

Todos estamos emocionados y mi madre se come las uñas por el futuro tan cabrón que le vislumbra, porque esos dos viven del chongo y han estado al borde del divorcio desde antes de que se casaran. Yo le digo que se calme, que si nosotros sobrevivimos a la familia disfuncional en la que crecimos, no creo que el bebé no consiga adaptarse a ese par de cavernícolas.
Se sonríe, pero no pierde la preocupación.

Como sea y lo que sea, espero que nazca bien. Ojalá que no sea necio como ella ni pendejo como él. Ojalá que no lo traten como a un estúpido ni tampoco como a un adulto pequeño. Ojalá que lo dejen cometer errores y no lo tengan encerrado en una jaula, a dieta de alpiste. Ojalá que sea una persona sana y logren inculcarle dos que tres valores importantes. Y que no lo conviertan en un autómata del odio ni del paso colectivo. Que no sea uno de esos pendejetes con los que me topo a diario en el trabajo; ni un descorazonado que camina nomás porque hay asfalto por delante.
Y ojalá, de verdad, ojalá que desarrolle el hermoso hábito de sonreír y de amar gratuitamente.


Pero cuando oigo decir a mi cuñada que el feto no puede escucharla, me entran unos escalofríos bien culeros y presiento lo peor. Y si me quedo un rato pensando en ello, llego a la conclusión de que serán capaces de comerse a la pobre criaturita tan pronto le salga de la panza. Y mis deseos acerca de lo grande que puede llegar a ser esa persona que ahora se está formando, quedan reducidos a puras súplicas para que no lo hagan pedazos en una madrugada de los primeros meses.
Que se esperen tantito, chingaos, de todos modos la vida se encargará de eso...






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