La mujer se acostaba con otro tipo, un pobre diablo sin nombre que la indujo a la coca y a salir en cueros a despedirla a la una de la madrugada. La niña lo vió todo, desde las sesiones de dibujo en las que su madre era retratada como Dios la trajo al mundo, hasta las jornadas de embestidas en la cama, pero nunca dijo nada, bien por miedo, por curiosidad o tal vez porque su madre le arremetía unos cuantos miles de vergazos para que el padre no se enterara.
Benito era feliz en ese entonces. Salía a trabajar desde las 9 de la noche, ganaba algo de dinero y regresaba a su hogar, convencido de estar descansando al lado de una mujer que, digamos, lo amaba y de unos hijos que crecían contentos en las condiciones miserables que él les proveía.
Cierto día, Benito necesitaba un documento que estaba seguro había guardado debajo del colchón, pero chica sorpresota se llevó cuando encontró los dibujos de su vieja en pelotas y las cartas de amor en las que ella le juraba amor eterno a alguien que no era él. Su hija estaba parada viendo la cara y la dignidad de su padre en el suelo. Y le contó todo.
Benito corrió a Mariela, no sin antes ponerle una monumental putiza. Todos los vecinos escucharon el numerito y todos estaban de lado del cornudo porque, vamos, esas cosas no se hacen. Tan de lado de él estaban, que incluso cooperaron con su dosis de veneno al darle detalles de las horas de entrada y de salida del fulano, faltándoles solamente decir si aquel padecía de eyaculaciones precoces o traumas de la infancia.
El caso es que nuestro buey se hundió en el dolor, como era de esperarse, y a punto estuvo de cometer suicidio pero se aguantó las ganas nomás por el par de chamacos que tenía que mantener, porque aquella sólo tuvo tiempo de llevarse su alma y sus lujurias a otro lado, pero no a sus hijos.
Las semanas pasaron y Benito estaba cada vez peor. Se nos moría, coño, y no había remedio que nos lo trajera de vuelta.
Entonces Mariela regresó arrepentida, según ella, y suplicó por un perdón que Benito no tardó ni dos segundos en otorgar. «Vaya pendejo -dijo mi compadre-, tanta mamada por correr a la puta esa, para que termine perdonándola en un santiamén». Y sí, la perdonó y volvió a la vida.
Unos días después del perdón y aún en estos días, la hemos visto de nuevo con el don nadie aquel con el que agarró el vicio de la coca y de posar en cueros para sus, ejem, "obritas de arte". Pero ahora tiene más cuidado: ya no se agarran de las manos ni se besan en público, tampoco se tratan con el cariño propio de los amantes ni se coquetean descaradamente con las miradas.
Podría parecer injusto, pero a mi forma de ver las cosas, creo que es lo mejor que se pudo hacer porque, seamos sinceros, cada quien persigue su propia felicidad, no la felicidad ajena. Cuando le dices a alguien que lo amas, no se lo dices para hacerle sentir bien, sino porque te hace sentir bien; lo mismo cuando te acuestas con ese mismo alguien... o con otros álguienes.
Ella tiene otra vez a su fulano y a sus hijos. Es justo incluso para Benito, quien ahora vive en el misma mentira que antes, pero con el plus de que ahora Mariela procurará que él no se entere, y siga manteniéndole a los niños, pues ella, huevona hasta la muerte, es incapaz de mover un dedo para que los cachorros dejen de chillarle de hambre.
Angela se asombra con todo esto, lo hace como si ignorara que la realidad es una mierda que no puede resolverse con los valores de primates y el sentido común de neanderthales que poseemos.
Yo, por mi parte, me pongo de pie por Benito, quien sin querer ha dado con lo mejor que te puede regalar la vida: vivir en el engaño y no saberlo nunca, pues pareciera que es la única manera de permanecer en alegría constante y con suficientes endorfinas circulando.
Lo demás, la verdad, la honestidad, la lealtad y todas esas pendejadas, pueden tranquilamente hacerlas rollito y metérselas por el culo.
Llevo casi veintiséis noches sin dormir. Me duele la cabeza, la espalda, el culo.
Las primeras seis noches me las aventé chupando que es gerundio. Nunca en mi vida había bebido ni volveré a beber tanto alcohol como en esas seis noches, las más hermosas de mi vida.
Putas, chelas, kilos de tabacos, más putas y más chelas. Puedo presumir, frente en alto, que todas las morras de doña Martha han probado mis huesos raquíticos y han visto salir de mi cartera las limosnas que aceptan como pago. Casi un club de fans, Buba, y en tan sólo seis noches.
Pero en la séptima comenzó el calvario. Vomité sangre en la puerta de mi casa. Mi madre se asustó, corrió desesperada y me tomó entre sus brazos, emulando ridículamente a la estatua de La Piedad, mientras una coralillo se extendía desde mis labios hasta el suelo, buscando una salida que cicatrizara todas las heridas, incluso las que no habían sido hechas.
Pero el plan falló.
Doña Martha habló a mi casa preguntando qué había sido del mejor cliente que Luzbel le había regalado, pero no lo hicieron Celia, Magdalena ni Daniela, y mi corazón se hizo chiquito, se convirtió en gusano y comenzó a comerme las pocas entrañas que me quedaban. Lloré como una niña porque mis putas no me llamaron, lo lamenté como si diera por sentado que esas bestias tuvieran alma y corazón y setecientas cápsulas de ternura anidadas en el pecho.
Son putas, me dije socarrón, ¿qué esperabas? ¿amor?
Así que salí de la cama con el suero en el brazo. Me dediqué a mendigar techo y comida y migajas de pan. Supe entonces que estaba solo, pero no tuve miedo, sólo una puta melancolía por algo que no había vivido. Ninguno de sus días lluviosos, niñas, ninguna de sus canciones poperas y estúpidas, ni ninguno de sus recuerdo infantiles machacándoles el culo puede compararse con la tristeza que sentí.
Después de dos noches, encontré a otro tipo igual que yo. Sucio, viejo, hambriento y con un clavo en cada vértebra, decidí que no cargaría ese peso el resto de mis días, y lo dejé hablando solo, con su tristeza ridícula, con sus pasiones sin sentido.
Entonces regresé a casa.
Mi madre estaba en la mesa, fornicando con un tipo del que ignoro su nombre. «Pobre vieja» pensé, y pasé directo a darme un baño. Cuando salí, el tipo ya se había largado y ella preparaba el desayuno. Olía a café recién hecho, a frijoles y a felicidad femenina.
Me miró y dijo «entonces, regresaste...» y ya no dije nada. Comí en silencio y me ensimismé puerilmente como el dios que construye a detalle al anticristo que nos divertirá durante los próximos dos mil años.
Y ella me abrazó, sí, pero no se quedó conmigo.
Casi veintiséis noches sin dormir. Necesito más sedantes, menos pesadillas, y más pretextos para simular enloquecer, y salir con mi satélite espía y mi ejército de hienas a asolar este pueblo de mierda.
Y explotar splendidum como un globo en la noche veintisiete.
Y ya nunca, por error o decepción, regresar de entre los muertos.

