[Post largo. Si tienes cosas mejores qué hacer, llégale]
¡Jojojojo! No nos abastecimos. Creímos que iba a ser la misma chingadera que el Emily y nos confiamos completamente: nada de agua, nada de atún, nada de nada. El miércoles por la noche estaba rascándome mi hermoso par de huevos, bien quitado de la preocupación y haciendo cuentas acerca de cuánto tiempo me llevará comprarme un auto y poder dedicarme a secuestrar niñas de primaria e inducirlas mediante dulces y mentiras a que me chupen el pito oxidado y cuasi muerto que cargo entre las piernas. No pensé, y lo juro por Buba, que el putete huracán nos arrancaría hasta los calzones y se iría cagándose de la risa a partirle el culo a los de Florida, aunque, eso sí, en menor grado.
Todo empezó leve, con chubasquitos meadores y rafaguitas de viento tan pinches que nos arrancaban un contínuo "no mames, no va a entrar". Pero luego se aferró...
A las 6:40 p.m., Mia, quien también vive en este rancho, me llamó para desearme un feliz huracán, jojojo!, detallazo chido de esos que sólo a ella se le ocurren. Lástima que no pudimos comunicarnos los días siguientes, pues se le jodió el teléfono, y el servicio de hot-line que sólo a los elegidos nos provee, quedó deshabilitado. Estuve preocupado por tí, mi vida, pensé un montón de pendejadas producto de la autosugestión y del exceso de alcohol barato y caliente que consumí para olvidar hasta tus penas. Fue aliviante saber que estás sana, salva y lista para seguir diciéndome kamasutradas por teléfono, jejeje!. Gracias por la llamadota, mi bendito TH.
A las ocho de la noche , cuando la cosa agarró sabor y se dejó de pendejadas, mi casa tronaba chingón y justo en ese momento creí que el gerente del Infierno había olvidado las promesas que me hizo aquella noche en la que le entregué mi cazuelita del placer.
Como el aire no nos pegaba de frente, estábamos parados viendo por la ventana cómo se mecían los árboles y cómo volaban los proyectiles. Ese sonido del aire a esa velocidad, es algo que recordaré por un buen tiempo, pues aunque viví el huracán Gilberto en 1988, no tengo recuerdos claros debido a la corta edad de esos ayeres y al sueño profundo del que disfruté toda mi infancia.
El cielo se veía de un azul muy oscuro, casi negro y poca madre. Sólo esta veladorita nos alumbraba

A las diez y media y en pleno despapaye, recibí desde Monterrey la llamada -no nos cortaron la línea- de Cinthya, quien bien preocupadota por mí, estaba atascándose una bolsota de Chichos, prometiéndome su presencia en la intimidad de mi cama y recordándome, así como si nada, que las amistades que valen la pena conservar son aquellas que te dan una patada en el culo cuando lo mereces, y una sonrisa de aliento cuando estás agarrado hasta con las uñas a un árbol para que la puta Wilma no te aviente de un mega vergazo hasta Yucatán.
Gracias, mujer.
Los vientos sostenidos estaban, dicen, a 180km/h, y las ráfagas a 240km/h. Yo no sé si esos datos sean ciertos, lo que sí sé es que un árbol cayó en la casa del vecino de enfrente, que se hizo una laguna de 200 metros de largo y metro y medio de profundo en el tramo Cancún-Playa del Carmen, que saquearon casi todos los súper mercados [y los Oxxos ¡a huevo!], que tuve que aguantarme las ganas de cagar tanto tiempo que seguramente tengo un récord mundial no incluído en el libro Guiness, que no podré sobrevivir más de quince días sin escuchar música, que los de la PFP están pasando casa por casa para identificar a los saqueadores [¡puta! ¿qué voy a hacer con los dvd, los dos refrigeradores y la tele de plasma?] y chiquitearlos a macanazos, que voy salir en la tele por hacerla de ciudadano solidario [si ven en la caja idiota a un canibalito trepado en un avión bajando despensas para los damnificados, grábenlo y enamórense de él]...
Mención aparte merecen las fogatas y las guardias nocturnas.
Como nos quedamos sin energía eléctrica durante, a ver.. viernes, sábado, domingo... mmm... míercoles... 7 días, y seguridad pública no se dio abasto para madrear a todos los culeritos que atracaban al que se dejara, la raza emprendió un hermoso plan de autodefensa, como dijeron los del periódico !Por Esto!. Se encendieron fogatas en cada esquinas y los vecinos, machete en mano, se paraban en ellas a hacer guardia toda la noche, con turnos perfectamente organizados y cafecito y galletas de animalitos pa' sopear.
Yo ni siquiera una vez hice guardia. La primera noche que se encendió el fuego, me quedé hasta las once y pico, escuchando el relato más verga de un testigo de la guerra zapatista, un tipo que vivió doce días encerrado en su casa, con una mujer con la panza cesareada y una niña de tres días de nacida:
"La sangre, vecina, la sangre se veía así como usté ve ese charco negro, y a los muertos los apilaban pa' luego llevarlos a una fosa y echarles lumbre, y nadie podía salir ni siquiera tantito porque los militares se soltaron matando gente, al que vieran que asomara la cabeza por la ventana, le metían un plomazo."
Y luego me boté a la chingada a dormir.
Toda esa mamada de las fogatas se debió en gran parte a un rumor en el que se aseguraba que 600 reos se habían escapado del cereso. Aunque fue cierto que encontraron un boquete de metro y fracción en la barda de la prisión, sólo dos reos escaparon: uno que robó unas bicicletas, y un teporocho [según fuentes confiables que tengo en seguridad pública y los medios locales de información -!ah, cabrón!-.] Lo demás se debió al efecto de teléfono descompuesto que sufre cualquier incidente que vaya de boca en boca, y a los asaltos de los chemitos que parasitan en nuestras colonias.
Sin agua, sin luz y sin comida, la tribu de mi casa no sufrió preocupación alguna. A decir verdad, abusamos de la protección de la que siempre hemos gozado. Mientras todo mundo [hasta mi cuñada] traían tono de damnificados y los ánimos por los suelos, como si de verdad se hubieran quedado en el completo desamparo, nosotros estábamos muy campantes platicando con los vecinos, pateando borrachos, proponiendo sandwichitos -¡ay, chiquita, ojalá y te animes!- y observando con atención milimétrica el espectáculo estelar que ofrecía una ciudad a oscuras.
Niñas, lo que han visto por televisión es cierto, pero tengan en cuenta que esos weyes tienen que poner la parte más dañada de este pueblito. Entre más muertos, damnificados y pérdidas materiales difundan, mejor alimentados crecerán los que dependan de los medios de comunicación.
No nos fue tan mal como parece, pero tampoco quedamos en la gloria. Mucho se perdió y un buen de gente está desempleada -no hay turistas: no hay dinero- pero existe una enorme voluntad para levantar una vez más los pilares de esta gran ciudad, trabajando duramente, con la frente en alto, con la esperanza bien puesta, bla, bla, bla, bla... y todo para que se lo lleve la verga de nuevo el próximo huracán que ya viene en camino, jojojojo!
No escribo más porque acabo de recibir un mensaje de mi borracho favorito, invitándome a echarnos las chelas que ya, por supuesto, merecemos. Aparte, creo que ya ha sido suficiente.
Ah, el título de este post es la leyenda de las playeritas de moda, cien pesitos cada una, ¡llévela, joven, llévela!



