Antes de empezar: el pinche post anterior tiene texto... (me caga tener que ser tan obvio!)
Ora sí, traguen:
Esa noche, porque el cansancio fue más fuerte que el hambre, Julian se acostó sin cenar y sin coger. Silvia, su esposa, andaba gatita, pero sus ronroneos sólo alcanzaron para recibir una mamada y una dedeada hechas a la carrera, porque aquel, tan pronto pudo, encontró la esquina y tiró la toalla.
Acostarse sin cenar implicaba, de ley, tener pesadillas en las que se veía frente a un banquetazo y podía darse el lujo de pegarle una mordida a lo que quisiera, tirarlo y escoger otro de los muchos alimentos sobre la mesa. Luego, descubría que la comida en realidad no era comida sino pedazos de animales que aún estaban vivos: perros, gatos, tlacuaches, de todo...
Generalmente, esa era la pesadilla por hambre; la pesadilla por sed era más simple: arena en la garganta.
Pero esa noche el sueño fue distinto.
Soñó que fue de visita a casa de su hermano y no había nadie, pero la puerta estaba abierta. Entró, cruzó la sala, llegó a la habitación y tocó la puerta; al no obtener respuesta, entró. La cama evidenciaba que hubo una excelente noche y la televisión estaba encendida y sintonizada en un canal con un programa de concursos en el que torturaban a los participantes con pinzas y sopletes. Con toda normalidad dijo "pinche programa piojo" y le cambió. Saltó de canal en canal, hasta que llegó a uno de noticias, en el que se transmitía, en vivo, la escena de un accidente. En primer plano se veía al reportero hablando en un idioma ininteligible, y allá, al fondo, un cuerpo en un enorme charco de sangre. La ropa del sujeto se le hizo conocida "puta!, ya no vuelvo a comprar camisitas en oferta, ahora todos las usan!" pensó. Pero luego un close up al cuerpo sobre el pavimento le confirmó la sospecha que trató de evadir autocontándose un chiste: se trataba de sí mismo, con el rostro desfigurado y sin un brazo. "Fue una camioneta roja, el señor iba muy rápido y no la vió venir. Nomás se escuchó que le pitaron pero pues ya no le dió tiempo de echarse pa' atrás y la camioneta le pegó bien duro" dijo un joven al reportero, quien hacía sus preguntas en su idioma extraño y todos parecían entenderle.
De nuevo el close up. Sí, era él, se reconoció por la camisa, el remiendo del pantalón y los zapatos.
Sonó la alarma. Seis de la mañana.
Se bañó, se vistió y se dirigió a su trabajo. Nomás por si las moscas, volteó en cada calle que cruzó y se fijó bien de que no viniera ninguna camioneta roja a altas velocidades. Y cada que lo hacía, se reía por ser tan pinche supersticioso.
En fin, llegó sano y salvo a la caverna. Fue a prepararse un cafecito, regresó a su lugar, se sentó frente al monitor y comenzó su jornada. Los pensamientos acerca de la clarividencia y el tratar de hacer memoria sobre si alguno de sus familiares [tal vez su abuela materna] tenía facultades paranormales, se vinieron abajo a las diez y cuarto de la mañana, cuando recibió una llamada con voz infantil alertándole que su casa se estaba quemando y que su esposa estaba atrapada, pidiendo ayuda.
Salió corriendo de la oficina; alguien se ofreció a llevarlo pero él no alcanzó a escuchar. Corrió y corrió, sin fijarse mucho en el sentido de las calles y sin recordar a las camionetas grises. A una cuadra de su casa, tuvo una terrible corazonada, una sospecha que ya era vieja y que, por mucho tiempo, ignoró y quiso enterrar en el patio, a suficientes metros de la superficie, donde ese hedor no le calara las narices.
Llegó y la casa no estaba incendiada. Todo estaba, digamos, normal. "¡Pinche chamaco!", pensó, porque entonces le cayó el veinte de que la falsa alarma fue hecha por el mocoso al que le había ponchado una pelota el día anterior. Encabronado hasta los huevos, entró golpeando la puerta y diciendo en voz alta "lo voy a matar! me cae de madres que lo voy a matar! Silviaaa ¿dónde estás?"
Silvia estaba en el baño, desnuda y temblorosa. Al entrar a la habitación, encontró la cama desarreglada, un condón usado y ropa mojada en el piso, que no le era conocida. Por la ventana abierta, alcanzó a ver a alguien corriendo hacia la calle, poniéndose una camisa que, esa sí, le era bastante conocida por haberla comprado en oferta en una tienducha de esas para muertos de hambre.
Sacó el arma del clóset, fue al baño, de una patada peliculesca derribó la puerta y le apuntó a la mujer; "Eres una puta!" le dijo con el tono patético del desengaño, pero no disparó. En seguida, salió de la casa y fusca en mano se dispuso a tirar de tres plomazos al cabrón que se acababa de revolcar con su vieja.
Pero no fue necesario. Dos calles adelante, estaba el tipo tendido en el suelo, con la cara hecha añicos, sin un brazo y en medio de un charco de sangre. Guardó el arma y se acercó para ver quién era. Los curiosos ya merodeaban, como si destripar cadáveres fuera un excelente y bien remunerado pasatiempo.
Unos chamacos cascareros lo vieron todo. Uno de ellos era el que hablaba:
- no, pus salió corriendo de la casa de don Julian, se iba poniendo la camisa y creo que por eso no vio que venía un carro. El carro le pitó pero pus ya no le dio tiempo de echarse pa atrás y le pegó bien duro.
Julian se acercó y reconoció al cuerpo por el reloj y el lunar en el hombro, y no por la camisa que robó de su armario. Cayó de rodillas y rompió en llanto. Recordó entonces los días en los que solían juntos hacerle pasar corajes a su abuela, que de jodona y castrante tenía mucho, pues por cualquier cosa los jalaba de las patillas y los hincaba a rezar, mientras ella profería maldiciones contra toda la ascendencia. "Ustedes dos son igualitos a su madre: descarriados, maleducados, arrabaleros! si fueran mis hijos, desde cuándo ya estarían como velitas, hijos del demonio!" era la perorata recurrente de la anciana. Y ellos nomás se veían de reojito, echándose miradas cómplices.
Se levantó. Se secó las lágrimas. De regreso a la casa sacó el arma para asegurarse de que estuviera cargada; llegó y sin darle tiempo de explicarse ni de implorar perdones le metió tres plomazos a Silvia, cubierta sólo con una toalla. Al caer sobre la cama y ya con el desparrame de sangre propio del momento, el cuerpo de la mujer dejó al descubierto un pubis que no estaba rasurado la noche anterior, a lo que Julian lo único que dijo fue "Sí que eres una puta..."
La primera, es una frase cien por ciento rockera. Los rockeros de hueso colorado odian a los DJ, los ven como un atentado contra la música honesta que suponen representa el rockcito. A mí los DJ nomás me caen simpáticos con sus ínfulas de músicos y se me hacen una herramienta de la que se puede echar mano en cualquier antrajo de mal morir. El problema, aparte de sus egos enormes, es que muchos de ellos son tremendamente mamilas y se sienten con dotes de cómicos diciendo mamada y media por el micrófono; y lo hacen, quiero creer, con la sana intención de divertir a los asistentes. Esta imperfección puede evitarse, claro está, con una legislación en la que se les obligue a permanecer en silencio y sentados en su rincón, mientras el morbo del público les arroja alimento.
La segunda, es una frase que, asegún leí por ahí, ponían arribita del piano, en los saloons del viejo oeste. Supongo que en aquellos tiempos conseguir un pianista estaba cabrón y por eso había que cuidar a los pocos que había. Teniendo en cuenta que no existían las rockolas, los cantantes de camión, ni los mariachis de garibaldi, entonces uno comprende la situación. Me pregunto si esos pianistas de cantina, al saberse tan cuidados y valorados, también permitían que sus egos se inflaran de manera tal, que sólo serían comparables con los de los actuales DJ.
Todo un misterio.
Llámenme elitista y mamón, si quieren, pero la verdad es que, en términos de estricta melomanía, prefiero escuchar a un tipo que ejecute un instrumento, que a un tipo que mezcle rolitas y se aviente chistecitos de poca monta. Sí, los albañiles son simpáticos y su lenguaje guapachoso invita a la caguama, pero los arquitectos son los que saben si la construcción se irá al infierno.
Así que, siguiendo esa directiva del corazón, mañana iré a la clausura del festival de Jazz, que se ha celebrado durante una semana en esta bonita, ¡Dios, qué digo "bonita"! ¡preciosa ciudá!. El año pasado, Francisco Alejandro Malpica, un locutor que debería sustituír a los pinches fresones de radio turquesa, dijo que el festival de jazz se ha convertido en un sueño de unos cuantos nostálgicos locales que añoran los días en los que excelentes músicos de todo el orbe se daban cita en este putero a ofrecer presentaciones que sí valían la pena. Y es cierto.
Como sea, de tochos mochos iré a la clausura, eso sí, a sabiendas de que los músicos de jazz tienen un poquito menos de delirios de grandeza que los DJ, pero no dejan de ser bien pinches altivos. No importa, voy preparado con dos kilos de tomates y dos de lechuga romanita, por si se ponen en el plan adalramonesco de guardar silencio, esperando a que les besemos el culo y nos deshagamos en aplausos.
La alianza con Mondongo
Cuando abría la puerta, vi la carita sonriente de la regordete Aurora. Su mirada reflejaba el aliento adolescente que permite fantasear pendejadas inalcanzables y creer que el mundo puede comerse a gajos y con chile y limón.
-¿y bien..?
-quiero que lo conviertas en una mujer pobre y desconocida
-¿que quéeee?
-... lo que oíste, viejito
Ok, la chamaca estaba loca, no me cupo la menor duda. Cumplirle el deseo, me pondría en muchos peligros. Si lo hacía, tenía que encontrar la manera de que Eloína no se enterara de que fui yo o, en el mejor de los casos, lograr que otro mago lo hiciera.
Le dije a Aurora que tal cosa no era posible, que eran muchos los riesgos que yo corría. "Lo sé -me dijo con tamaño sonrisota-, y ya lo tengo resuelto." Pinche chamaca orate, pendejada que propuso y terminé aceptando, aún si saber los beneficios que la decisión traería a mi vida en decadencia.
-Iremos a la tribu de los caníbales, hablarás con el Rey Mondongo y le contarás la situación. Mondongo odia a Bacelis porque los guardianes reales le mataron a la Topanga en la guerra por los terrenitos del sur, ¿recuerdas?
-recuerdo
-ok, entonces hablas con él, así, de mago a Rey y le dices que hagan una alianza o cualquier babosada por el estilo, el caso es que sienta sed de venganza y coopere para joder a Bacelis
-¿y no crees que de querer joderlo, ya lo habría hecho desde hace mucho?
-los caníbales son culeros, maguito, pero les falta decisión, y a eso irás, a darle decisión.
-pues sí, pero y si Eloína se entera?
-Eloína, Eloína... mierda, ya piérdele el miedo, maguito, esa bruja te hace los mandados y no te exige la propina...
-es que no la conoces, por eso lo dices...
-La conocí el mismo día que conocía a mi pricipete. Es una mujer tres veces más vieja que tú, ciega, perdida y con ganas de morirse. Se las da de perversa y justiciera pero a leguas se le ve que es una niña que se mea en los calzones cuando ve a la pelona de frente. Ladra y avienta la mordida, pero es perra domesticada, coyona y chimuela...
-no te creas, no es tan así como parece...
-bueno, bueno, bueno, ¿vas a ayudar o no?
-no sé, Aurora, también tengo que hablarlo con Cristina
-No, este es pedo entre nosotros dos, si luego quieres enterarla, es otra onda, pero lo que arreglemos tú y yo se queda entre nosotros, no me vengas con mariconadas!
En fin, así me tuvo un buen rato. Dale, dale y dale, sin perder el tino. Cuando le pregunté porqué quería convertir en mujer al niños majestad, me la soltó con toda tranquilidad: "para convertirlo en puta." Estaba loca y retorcida ¿porqué coños quise ayudarla? Ni Merlín ha de saberlo, pero dos días después nos encaminamos hacia la tribu caníbal, con pocas provisiones y un niño que nos robamos para llevarlo como tributo. Eso también fue una venganza, pues era hijo de un tipo que le puso una madriza marca diablo, allá en sus inicios, cuando aún no sabía cómo defenderse de los clientes poco amables.
Llegamos con el niño por delante, le colgamos unos rabanitos en el pescuezo para darles a entender que tendrían carne tierna para el almuerzo. En seguida nos rodearon, llenos de curiosidad y algo de morbo. Pedí hablar con Mondongo y entonces se hizo el silencio.
Un tipo como todos, flaco y con taparrabos, corrió a la choza en la que estaba el cabecilla. Mondongo salió, todo lleno de esa majestuosidad propia de los reyes, y con señas nos dijo que nos acercáramos. Nos acercamos con el miedo trabado en el trasero y nos aventamos una reverencia como pudimos, pues no conocíamos muy bien las costumbres de esos lares. El negrote se rió condescendiente, miró al chiquillo y dijo:"este chango está reflaco, no sirve ni pa' taparme las muelas" Todos se rieron. Nosotros nos reíamos nerviosos, pero muy respetuosos, eso sí.
-¿a que han venido?
-Su majestad, gran Mondongo, necesitamos su ayuda
-¿mi ayuda? a ver, díganme
-queremos echarle una maldición a Bacelis
-ese hijo de su puta y bananera madre!
Oh, dios, detonamos la bomba... comenzó a mentotear madres en su dialecto y a aventar todo lo que estuviera a su paso. Yo pensé que estábamos fritos; Aurora en seguida entró al quite, pero el rey no escuchaba razones, estaba cegado por la furia y el dolor. Teimpo atrás, Bacelis quiso quedar bien con su madre en su intento por demostrar que sería buen rey, así que jugó chueco en la guerra por los terrenos del sur, y sus hombres entraron hasta las chozas de la tribu y mataron a Topanga, la hija de Mondongo, alargando y entintando de crueldades una guerra que de por sí ya había abierto las puertas del infierno.
Ya calmadito, el Rey de los caníbales pidió explicaciones. Aurora dijo lo que tenía que decir y el monarca se sumió en un profundo silencio. Nos miraba de vez en cuando, como tratando de saber qué era lo que sentíamos. Nosotros teníamos que esperar el tiempo que fuera necesario, pues su ayuda nos resultaba vital: nadie conocía mejor las leyes de la transformación que él; su padre y su abuelo, hechiceros crueles y vengativos, le transmitieron esos conocimientos que ni siquiera mi ex-maestra conocía.
Se levantó, dio unas cuantas vueltitas como los perros cuando van a sentarse, y dijo "díganle a Bacelis que vaya buscando marido". Suspiramos aliviados...
Esa tarde nos quedamos con ellos. Mataron al niño y lo hicieron en caldo. A decir verdad, olía bastante rico, pero no quisimos probarlo. Respetaron nuestra decisión y nos dieron carne de gallina, en un gesto entre comprensión y burla.
Mondongo se empedó. Quedó hasta el culo de ebrio y le dio por improvisar un poema de amor y muerte, se puso cursi y chillón, y un grupo de bailarinas, tetas al aire como suele ser en la tribu, trataban de animarlo con una danza de fuego, de la que Aurora tomó nota mental y meses después impondría como ritual de bienvenida en el Círculo de las Casivírgenes.
Al día siguiente, ya en nuestra despedida, el soberano nos agradeció la visita y nos dijo: "ya saben, sólo tráiganme un cabello, una uña o una caca de ese desgraciado y con eso es más que suficiente para hacerle un buen wiki waka"
Wiki Waka m. Dícese del hechizo caníbal en el cual la víctima sufre una transformación física, generalmente reversible, cuyos primeros síntomas son dolor de espalda, insistente prurito anal y sensación de vértigo
Regresamos sonrientes y casi victoriosos, pero faltaba la parte difícil: conseguir el cabello, la uña o la caca del pinchurriento principete...
Diciembre es, por muchas razones, el mes del año que más odio; cuando llega, mantengo una escopeta cargada y un machete afilado para agarrar a fajazos a todo el que se cruce en mi camino. En diciembre, mis pactos con la muerte y con el diablo se ven en pausa automática y mi ejército de hienas sólo espera el chasquido de mis dedos para salir en busca de carroña y traerme tributos que, como bien saben, niñas, no merezco.
Sí, odio a ese puto mes... Septiembre, a pesar de su cercanía con el leproso, no está apuntado en la lista del desprecio. Aunque carezco del espíritu patriotero y de un par de pulmones saludables para gritar todos los vivas que se requieren, dos que tres veces me ha dado por salir a nalguear desconocidas que, apretaditas, tratan de pasar entre el gentío que asiste a escuchar a nuestro presidente municipal; unas, con todo el cuidado de que nadie les roce ni siquiera un octavo de chichi, y otras, dejando que la marea haga con ellas lo que quiera, eso sí, sin que se les cuele ni un charalito con intentos poco benévolos.
Bueno, ayer no fue un día de esos. No salí a gritar "Viva Quintana Roo!" ni nada que se le parezca, tampoco fui testigo de la tracatera pirotéctina; ¿la razón? alguien me chismeó que el gobierno no quería convertir a la calle en cantina, como suele suceder año con año. Oh, chingaos, ¿porqué esa obsesión de acabar con nuestras tradiciones tan arraigadas? Solo ****** lo sabe.
En fin, el caso es que fui cordialmente invitado a un evento particular sin fines de lucro, con el alcohol de rigor y una cena que no probé por órdenes directas de mi estómago, las cuales indican que si cheleo no debo comer o las consecuencias no se harán esperar. Ni pedos, la ley es la ley.
Es extraño... ¿recuerdan que no hace mucho dije que soy un perro cabriolero y bla, bla, bla? Ok, lo soy, pero ayer estuve [al menos al inicio] sentadito y calladito, tomando mi latita de Sol tranquilamente, como en aquellos diciembres que no odié, cuando mis compas me dejaron en calidad de bulto en una sillita y, atónitos, vieron morir mis seiscientos años de reinado.
Así estuve, risa franca pero sin aportes directos a la causa. Luego, Angela Vicario comentó algo acerca de un tema que a todo ser humano debería interesar: Nirvana. Oh, sí, extraño la comodidad de sentirme triste... Y con eso, mis ángeles aceptaron la derrota, y mis demonios, sin grandes prisas, levantaron el viejo cuartel inflable que robamos de un puto tianguis del cual no recuerdo su ubicación.
Creo que todo salió bien: conversé, bailé [bonita manera de decir que hice el ridículo], fumé cigarritos porque aún soy una niña y mi mami me pega si me vuelve a ver con mota, salí en la foto, obtuve exclusivo material para mis fantasías, ofrecí una ayuda que nadie me solicitó, etcétera... Pero hoy desperté con una duda: ¿de verdad mi vuelta a la realidad se debió al comentario de Vicario o a la dosis intravenosa de alcohol? ¿porqué, si estos episodios se han hecho frecuentes, me siguen sorprendiendo? Los veinte ojos que atestiguaron mi repentina sociabilidad seguramente pensaron que se debió a Cuauhtémoc-Moctezuma ¿puedo asegurar que no fue así? ¿uh? ¿uh? ¿en qué momento un enano jolaverga se paró en la cabecera de mi cama y me dijo al oído "ya valiste, putito!"? ¿uh?
Jojojo! en lo que son peras o manzanas, he construído un hogar a base de ladrillos y viguetas. Lo he acondicionado con francotiradores en el techo, una hermosa recepcionista y música ambiental, incluídas mis seis únicas versiones de Basin Street Blues y 10 tracks de Takk, una bazofia a lado del Ágætis Byrjun.
Así que apunto directo a la cabeza y rezo por no fallar o tendré que confiar una vez más en mi suerte.
Esperen, tengo un presentimiento...
Aurora y el hechizo
Aurora corrió desconsolada por el bosque, hasta llegar al Lago del Suicidio. Creía que su mal de amores era fácilmente eliminable si respiraba un poco de agua y se aventaba desnuda a los brazos de la muerte. Sabía que el príncipe Bacelis jamás se dejaría besar por una mujer tan tremendamente fea, gorda y darkie, así que lo más sano era morir.
Al llegar a la orilla del lago, se subió a una piedrota y suspiró profundamente recordando a su príncipe. "Morir por amor es algo justificado -pensó- Mi madre me perdonará". Pero la Gran Madrota no la perdonaría, pues una de las cosas que odiaba era que sus muchachas salieran debiluchas del corazón y aventaran el calzonazo sin recibir un centavo a cambio. Lo único que le perdonaría por no cobrar un servicio, era que el acto resultara conveniente a los intereses del Círculo.
Bueno, se secó las lágrimas y al susurro de "Bacelis, mi amor" se dejó caer a las heladas aguas. Tan pronto cayó, saqué la varita mágica y la hice volar graciosamente por los aires, logrando salvarle la vida, cosa que reclamó en medio de una rabieta:
-¿porqué chingaos me salvaste, joputa?
-le debo dos favores a la Gran Madrota
-pues me vale! se los debes a ella, no a mí!
-salvarte es hacerle un favor, créeme...
-mmmm, ¿sí?
-si
Oh, qué fui a decir! Dos segundos después ya estaba implorándome que le echara una maldición a Bacelis para que nunca fuera feliz, pues decía que si ella no era feliz, tons aquel tampoco. Accedí a ayudarla no tanto porque pensara que sus razones eran válidas, sino porque también conocí a su padre, don Hipólito, un loco que se sentía Robin Hood y se dedicó a robarle a los ricos para dárselo a los pobres. Don Polo me llenó los bolsillos de dinero y gracias a él pude pagar un curso de magia efectiva en el castillo de la bruja Eloina.
-ok, quiero que se case con una vieja que lo haga muy infeliz y que tenga un montón de hijos maleducados y que lo dejen en vergüenza y que..
-espérate, chamaca, tampoco le voy a deshacer la vida a Bacelis
-¿tons?
-lo que puedo hacer es, no sé, que se enamore de tí y que tengan muchos hijitos bonitos y bieneducados... cosas así
-pinche mago chafa
-no, no es eso. Es que mira, Bacelis tiene a Eloína de su lado y esa bruja sí sabe de magia, no como yo, que soy un viejo decrépito y no paso de ser un triste aprendiz. Así que mejor hacemos algo en lo que los dos salgamos ganando, ¿como ves?
-mmm... no sé, como que no me convence
-bueno, pues piénsale, luego me dices, sabes dónde encontrarme!
Y me largué pensando que con el tiempo a lo mejor se le bajaban las ganas de querer amores con el principito putete. Llegué a mi choza rodeado de libélulas, las moscas de este lugar. Encendí una fogata y convencí a un conejo de que fuera mi cena. Cenar conejo es un gusto que me doy pocas veces, pero, coño, tenía que celebrar que sólo le debía un favor a la Gran Madrota.
La conocí un 20 de abril, en el bosque de las Vírgenes, muchos años después de que el monstrito Cometetas hiciera acto de aparición y los jaharadeños le cambiaran el nombre al bosque, rebautizándolo como el Bosque de las Casivírgenes.
Cristina fué testigo de la descomunal destetada.
"Fue horrible. Venía de las montañas de Jaharad, según él mismo dijo. Creo que fue todo lo que conversó; en seguida tomó a Hareg, quien en ese entonces tendría unos 20 años y un par de senos enormes, se los cortó y frente a todas se los comió.
Yo era una mocosa de 7 y todavía faltaba mucho para que me salieran las chichis, así que me tocó ver toda la masacre. Sólo las más chiquillas nos salvamos, todas las demás fueron cercenadas."
Era mi obsesión de aprendiz de bruja, el encontrar al Cometetas. Jamás lo encontré. Cuando fuí al bosque, no obtuve muchos datos, ya había pasado mucho tiempo y fue Cristina quien, con lagrimitas en sus ojazos, me dijo cómo había pasado aquello.
De ahí entablamos una sólida amistad, y me tocó verla organizar el Círculo y convertirse en la Gran Madrota de las Casivírgenes. Le debí el primer favor un par de meses después de que asumiera la responsabilidad de las muchachas, cuando me presentó a una de ellas, la que tenía nombre de río: Usumacinta.
Las muchachas siempre han sido muy importantes para Cristina, son el talón de aquiles del Círculo, las cuida más que a su dinero y las trata mejor que a su madre. Así que, al salvarle a Aurora, a pesar de lo feísima que era, fue como si le regresara el primer favor que me hizo: regalarme una vida.
Bueno, pues en esas estaba, recordando mis deudas y mis buenas amistades y preparando la salsita para acompletar al conejo, cuando mi pesadilla reapareció, diciendo que ya sabía qué era lo que quería que hiciera con el famoso Bacelis.
-hey, vejete! ya sé qué es lo que quiero para mi príncipe!
-¿tan rápido?
-sí, sí! abre la puerta!
-estoy cenando!
-oh, chingaos, no seas así! abre la puerta!
-estoy cenando conejo
-tamadre! que abras, te digo!
Miré a mi cena, sabía que después de abrir esa puerta ya no disfrutaría esa carnita tierna, así que me despedí del mentado conejo y, con una mirada de resignación, alcé la varita, dije un par de "abacadulas" y la puerta se abrió...
Creo que he por fin [por fin!] he hecho los méritos suficientes para ganarme un lugarcito, acá, no tan jodidón, en el así llamado Paraíso. ¿Que como lo logré? pues como debe ser: contribuyendo a la predicación de la palabra de Dios [oh, sí, el mismo que sale en la Biblia!]. Y es que, mire, querido lector de tianguis, yo soy una persona harto hereje, orate y ojete, pero hace un par de días, gracias a un papel que acepté interpretar en una pastorela sobre ruedas, mis timpanitos oyeron las palabras que me han sacado de la oscuridá y me han vuelto a la luz.
Déjeme le cuento...
Iba yo muy tranquilito y con las piernas cerradas para evitar el hedor, sentadito del lado de la ventanilla, en un camión de transporte público, y, sópatelas!, sin decir "agua va!" que se sube un tipo de esos drogos quesque regenerados, a convertir el camión en capilla ambulante.
Comenzó diciendo que representaba a la casita Alcance Victoria, en la cual se ayuda a los chamacos desnutridos, pobres y chemos que no tienen para pagar los centavitos que el Betty Ford pide para sacarlos de los caminos rudos del alcohol, las drogas y el pandillerismo. Luego, sin echarle salivita ni hacernos cariñitos, nos dejó ir la perorata religiosa...
En esas estaba el muchachón, entretenido entre las fauces de Satanás y la mano pachoncita de Dios, cuando, unos metros adelante, chocó un vocho con un jetta. La vieja del vocho se bajó con la mecha del culo encendida, mentándole la madre al wey del jetta. El camión se detuvo justo frente al accidente porque no lo dejaba pasar, todos nos levantamos de nuestros asientos para ver si se armaban los madrazos o si todo iba a quedar en mentadas. Pero, cha!, nuestro predicador camionero, con su honorable presencia, nos tapaba toda la escenita.
Por un momento guardó silencio pero luego se le ocurrió un muy bonito discurso acerca de que Satanás hará todo lo posible para distraernos del camino, como en ese momento, en el que todos consideramos más importante chismorrear un accidente, en vez de atender a sus pregones.
Luego, una voz de allá, del fondo, dijo:
-déjanos veeeeeeeeeer !!!
Sí, niñas, esa voz fué la mía.
Jojojo! y que se arranca con más fuerza en el azote teológico, el muy cabrón. De ahí pal real fueron puras piedras contra este hermoso canibalito, con miradas de fuego incluídas. Escuché atentamente el desglose de incoherencias [finalmente, venían con dedicatoria pa' mí], dándole absoluta victoria con mi silencio, pues los fanáticos religiosos no conocen el derecho de réplica... ni ningún otro derecho.
No me pregunten quién tuvo la culpa en el choque, porque no lo ví. Tampoco me pregunten si la patrulla se llevó a la señora mentadora de madres, porque tampoco lo ví. Y, mucho menos, se les ocurra preguntarme porqué coños no me paré y le puse una certera patada en los huevos al protagonista principal de la pastorela, porque neta que ganas no me faltaron. Tal vez sí sea cierto aquello de que fuerzas divinas lo cuidan y protegen, ¡ay, nanita!
Bueno, como sea, creo que con esto queda claro que ejecuté exitosamente mi papel en la evangelización de los pasajeros, ¿o no?. Digo, de no haber sido por mí [psss!], aquel no se habría aventado 10 minutos más de los que usualmente ocupan en mendigar dinero para seguir manteniéndose el vicio [asegún un amigo de mi amá que dice que los conoce, a mí no me crean, jojojo!].
Yo digo que ya tengo asegurado un pedazo de cielo, que he hecho más que suficiente al jugar el papel del niño malo que quiere evitar la palabra del señor y que, pues, si consigo algunas buenas influencias, haré lo posible para que ustedes estén allá conmigo, sentaditos a mi derecha... bueno, si quieren a la izquierda, así se hará, faltaba más!
Y ya para acabar con esta puta porquería de post, les dejo un delicioso fragmento de Altazor, que habla, precisamente, de esa cosa que algunos llaman, ejem, Dios...
Que Dios sea Dios
0 Satán sea Dios
0 ambos sean miedo nocturna ignorancia
Lo mismo da
Que sea la Vía Láctea
0 una procesión que asciende en pos de la verdad
Hoy me es igual
Traedme una hora qué vivir
Traedme un amor pescado por la oreja
Y echadlo aquí a morir ante mis ojos
Que yo caiga por el mundo a toda máquina
Que yo corra por el universo a toda estrella
Que me hunda o me eleve
Lanzado sin piedad entre planetas y catástrofes
Señor Dios si tú existes es a mí a quien lo debes
-Altazor, Canto I, Chente Huidobro
Con toda la intención de morir esa noche, Jacinto dejó abrir las puertas del infierno. Lo hizo más por la religiosa salvación que implica el sacrificio, que por el placer de ser un animal víctima de la barbarie.
Recordó, allá como entre sueños, el día en el cual un par de mocosos se convirtieron en los testigos del primer picorete que le asestó a Lucila, a escondidas de su futura suegra y con un palpitar en el pecho que salpicaba miel a cada embestida. Fué en ese mismo parque, más o menos a la misma hora.
Pero ya había pasado mucho tiempo desde ese día y el rostro de Lucila ya no era igual, la dulce mirada que antes brindaba un refugio seguro, se convirtió en la mirada sedienta de una venganza de esas incomprensibles hasta que uno las siente; mirada adquirida el día en que murió el pedazo de carne de no más de 30 centímetros y con una semejanza asombrosa a una ratita sin pelos. Es el fruto de tus quereres, Jacinto decía Lucila cuando estaba embarazada.
La comadrona era algo inexperta, se puso nerviosa y no supo qué hacer. Mientras Jacinto invitaba la tercera ronda para festejar su paternidad, la comadrona se veía acorralada ante un chamaco que venía todo atravesado y con el cordón umbilical enredado en el pescuezo. Jacinto decía "salud!" y la comadrona preguntaba "¿dónde está tu marido?". Jacinto decía "porque hoy, señores, hoy me convierto en papá!" y Lucila pujaba para deshacerse de los dolores. Jacinto, emocionado, golpeaba la mesa, y el heredero se ahogaba en su desesperación por conocer el mundo.
Luego de mucho batallar, nació el que debería llevar por nombre Gustavo, pero la Muerte, quien tenía al niño en agenda desde nueve meses atrás, lo tomó sin delicadezas y lo arrastró al lugar donde todos tenemos un lugar en reserva.
La comadrona dijo que de haber tenido ayuda, el niño estaría vivo. Lucila le creyó y culpó a quien seguía en el festejo sin saber los pormenores.
Jacinto se enteró de la desgracia y solito se hundió en las cavernas de la culpa.
Al paso de los meses y sin encontrar el perdón, Lucila fingió calma y se llevó a Jacinto al parque en el cual firmaron un pacto a besos. Jacinto sabía lo que le esperaba, pero le siguió el juego sin poner esperanzas en su suerte. Y aquella hable y hable de lo felices que fueron cuando novios, de los regalos, las escapadas, los chamacos que nos vieron ese día ¿te acuerdas, Jacinto? Y aquel, calladito, nomás asintiendo con la cabeza.
Después, el odio, el destino, el plan evidente; nueve puñaladas y la mujer no sentía que había cobrado venganza. Era como si, por hacerlo cachitos, obtuviera un boleto canjeable con la leyenda "vale por un hijo vivo"; como si la justicia divina de repente hubiera cambiado las reglas y aceptara los ajustes de cuenta por mano propia.
Jacinto, cómodamente instalado en su resignación, se dejó suicidar allá en el parque de los picoretes, con la mirada perdida en una mujer que tiempo atrás le procurara las más deliciosas y variadas alegrías, y convencido, ignorancia mediante, de que era la mejor de las soluciones.
Este es un cover del cuento escrito por Changotototes.
Hacer covers es un recurso del cual hay que echar mano cuando tus compositores se sienten inconformes con la paga y se ponen roñosos, organizan paros laborales y exigen aumentos salariales.
Sí, hay que ser tolerantes un tiempo y fingir negociación, pero luego habrá que aplicarles toda la fuerza del Estado y enseñarles quién imparte las órdenes y quién debe obedecerlas! jojojojo!
Ana siempre tuvo buen cuerpo, con las cosas puestas en el lugar preciso y del tamaño perfecto.
Caminar por la calle implicaba recibir desde un caballeroso halago del señor arquitecto, hasta la imagen explícita del alarife sobándose el pito al verla pasar. Jamás aceptó al primero ni rechazó al segundo, pues el disfrute estaba en saber que le prendía el anafre a cualquier perro sin que éste estuviera en brama.
Con el paso del tiempo, conoció a un tipo de esos que pasan por la vida sin pena ni gloria. Se casó con él y planearon el arribo de los engendros... Error garrafal.
Pareciera que las tres gestaciones al mismo tiempo le comieron el cuerpo desde dentro. Y aquella hermosa silueta que hizo que tantos pitos apuntaran hacia el rostro de sus dueños, se desvaneció. Ya no había buen culo ni la línea perfecta que bajaba del cuello al dedo gordo del pie. Todo eso se lo comieron los tres demonios que ningún provecho le dejarán a la humanidad ni a ellos mismos.
Haciendo un inventario de las pérdidas, advirtió que la mayor (por ser la más preciada por ella) era que las chichis le quedaron aguadas, flojas, con estrías y con los botones cansados de tanto amamantar chamacos. Pensó que tal vez con el tiempo y algo de ejercicio, sus protuberancias recobrarían la firmeza que causaba otras firmezas. Se encomendó al gimnasio y a un doctor, en busca del milagro.
Pero el milagro no llegó. Aquellas dos seguían con su carita de desconsuelo, como quien mira detenidamente una zona de desastre, sin sobrevivientes, con los cadáveres apilados por falta de espacio y alejada de los ojos de Dios. Nada les funcionaba: ni las cremas de los infomerciales, ni los ejercicios, ni las oraciones a los santos patronos.
Los años pasaron y hubo que abandonar la guerra. Hay derrotas que se deben aceptar y otras que no, pero esta era una guerra en la que no había esperanzas y la victoria de la maternidad y la gravedad, era evidente. Se veía en el espejo en las mañanas, con el torso desnudo y suspiraba toda agüitada "soy una vieja chichi-caída" y las lágrimas invadían sus ojazos.
Sí, Ana vivió en depresión por largo rato. Pero luego conoció a otras mujeres como ella, que también sufrían por ese horrible mal, muchas de ellas aún sin haber tenido hijos. Y se dió cuenta de que no estaba sola, que allá afuera, en ese mundo espantoso comandado por las exigencias de la belleza y la chichi firme, habían congéneres que también necesitaban un apapacho y consuelo ante el estado de tristeza que desencadena un par de tetas atraídas al centro de la tierra.
Entonces se propuso crear un grupo de apoyo llamado el Club de la Chichi Caída, en el cual se asesoramiento a toda mujer que camine por la misma ruta y hasta se les dan tips para sentirse orgullosotas de poseer semejantes porquerías cargando en el pecho.
Así que, querida lectora, si tus ubres ya apuntan hacia el suelo como buscando un tesoro que nunca encuentran y ya te cansaste de encuerarte ante tu wey solo con las luces apagadas, entonces éntrale a este club en el cual aprenderás que tener esas chingaderas guangas y vomitivas no es pretexto pa' no usar un escotazo y volverte a sentir segura de tí.
Vamos, alza ese teléfono y marca ahora mismo y sé como Ana, quien con esfuerzo y amor propio logró deshacerse del enfoque erróneo que le dió a sus niñas y volvió a ser una mujer satisfecha y feliz... aunque lo chichi caída jamás de los jamases y nunca de los núncares se le quitó...


