Ha sucedido de nuevo. El aire se ha puesto con sus cosas y su temperatura descendió. Anda simple, ligero, eléctrico, y en su carrera deja un rastro de sangre que he sabido perseguir como a Los Diciembres y a sus putas banquetas plagadas de recuerdos.
La Pulga toma su lugar a medida que pasa el tiempo. Yo no digo nada, nomás me quedo viendo. Sella los papelitos y se muestra concentrada, con su maquillaje ficticio y sus extinguidores a la mano pues sabe bien que un conato de incendio le arrancaría tremendo susto del cual no le será fácil reponerse.
Entonces recuerdo: debí matarla sin rodeos cuando descubrí que es una pirómana sin compasión. Debí guardarme mis estúpidos principios, tragarme mis argumentos infantiles y olvidarme de las huídas a juicio. Yo tuve el corazón dispuesto, flamante, pero eso no era suficiente, hizo falta el impulso criminal de hacerla pedazos y repartirlos como baratijas en el mercado negro. Un aplauso enorme se habría escuchado desde los palcos hasta la fila de enfrente.
Pero Lucifer actúa de forma misteriosa...
Ahora sus costumbres incendiarias se sacian en edificios que me son ajenos. Ya no cargo amuletos, ni en el alma ni en la punta de la verga. Ya no soy la niña cursi que escribe poemas y alimenta a las palomas, es cierto, pero el precio por devolver la mentira a sus estantes, ha valido la pena.
Tal vez, quizás, y cuando el aire se ponga igual que hoy, intentaré de nuevo dibujarme esa línea en la mano, aún cuando sé que tal esfuerzo es por completo inútil y que sólo sirve para manchar con mis hemorragias a una atmósfera que no me pertenece.
Volveré al carril derecho, señoras; me dejaré de peligros. Aprenderé los reglamentos que intentan controlar una vialidad transitada principalmente por sicarios y rameras. Luz verde, luz ámbar, luz roja. Me estacionaré correctamente. Y en las mañanas, una sobada de pito a nadie le cae mal. Fantasías recurrentes, programas de emergencia. Con equipaje simple, ligero y eléctrico, los traslados se hacen menos complicados.
Anda, retoza con tranquilidad, que las niñas continuamente vagarán por aquí, generalmente con las tripas sobre el pavimento, para recordarme que yo nomás busco pretextos pendejos para envejecer a la menor provocación y que al diablo siempre lo tendré en el cuerpo.
Guarda silencio, cada quien a lo suyo.


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