Apenas ayer escribí esto:

Hace un calor de la mierda.
Sí, ya sé que es cagante ponerse a hablar del clima y los grados celsius y demás mamadas aburridas, pero este calorcito lo amerita porque me cae que me calcina los huevos.
Las hormigas se apoderaron de mi cama hace unas noches. Hijas de puta, ¿creyeron que dormirían fresquecitas mientras me picoteaban las patas? pues se la pelaron! Bueno, aunque hay que admitir que por un par de noches sí fuí su puta...
A pesar de ser un insecticida que puede usarse sin riesgos como enjuague bucal, el Raid Casa y Jardín® hizo un buen trabajo alejando [que no matando] a las carnívoras culeras. Y con eso, ya dueño de vuelta de mi camita, hasta tiempo tuve de confesarme en sueños que amo a la chapaneca de Sears, una flaca que fué mi vieja y que por cuestiones que a ustedes no les incumben, nos alejamos y regresamos algunas veces, creando en quien les provee de mierda escrita, un trauma tan grande como el culo de sus madres.

Disculparán el lenguaje tan vulgar. Es la calor. Con este calor uno puede tomar sin pesos de conciencia un cuchillo y ponerse a matar, ya de perdida, a las gallinas del vecino. Yo una vez lo hice. Perseguí por todo el corral a una gallina que nunca se dejó coger. Puta señorita apretada con aires de dignidad. Y me salió arisca, más que la mula. Y ahí me ven corre y corre como pendejo detrás de mi amante en negación. Y la alcancé. Y la hice cachitos como a un rompecabezas inverso.
Pobre, murió virgen, sin probar mis carnes.

No contaré mi historia con la mula. Esa es como para las épocas de frío, no las de calor. Aparte, mi pudor no me permitiría revelar los secretos que le dije a esa animalita tan linda y gentil.

Pero estábamos en que es sábado y hace calor.
Mis vecinos, los tepos con trayectoria envidiable, ya sacaron sus bocinas y sus cumbias a la calle, para beneplácito del público en general. Las paisanitas de la cuadra se han reafirmado el copetito y se han envuelto en sus mejores garritas pa'l baile de las diez. Irán hermosas, radiantes, unas con la esperanza de encontrar al amor de su vida en una bodega atestada de alcohólicos, y otras, simplemente a ver quién les mama la panocha, sin mayores compromisos.
Una banda local amenizará el numerito. Pinche mil paisanitos con la verga parada zorrearán a las paisanitas. Las sacarán a bailar, lucirán sus mejores pasos, dirán sus mejores frases baja-calzones y, si tienen suerte, no dormirán solos. Cogerán nadando en el sudor que te exprime este puto calor de mierda.
Las chelas en esos antrajos olvidados de Dios, son tremendamente sobrevaluadas. Una lata te sale en veinte pesos. Lo mismo los refrescos. No, si los pobres también nos damos nuestros aires de pudientes, al menos los fines de semana.
Puedo hacer tales afirmaciones porque yo, alguna vez, estuve como buen paisa buscando un refugio dónde esconderme de mí y de los mafiosos que me perseguían a tiros. No llegué al extremo de usar los pantalones de mezclilla morados, las camisas de cuadritos y los botines relamidos con baba de perro, pero estuve ahí, con mi rebozo y mi traje regional, ataviado con joyas que me heredó mi abuela y algunas de mi madre.
Mis tepos estuvieron conmigo, como siempre, en las buenas, en las malas y en mis trances autodestructivos. Yo argumentaba fantasías acerca del calor, la luna y los signos zodiacales. Ellos gesticulaban condescendientes pero sus palmadas en la espalda siempre se firmaron sinceras.
Ahora mis tepos decidieron estar dispersos por el mundo. Me gustaría decir que lo hicieron para predicar el evangelio que tengo en el corazón, pero tanto ustedes como yo sabemos que eso es solo responsabilidad mía, no de mis achichincles. Se han ido por ahí y hoy no tengo con quien compartir este six de Sol. Y estupidizarme en soledad con agentes externos, no es lo mío. Me gusta ponerme idiota, sí, pero solo con mis melancolías pendejas y mis suposiciones acerca de si ella me vió ese día, cuando iba parado en el camión y luego era a mí a quien buscaba con la mirada, en una ocasión posterior.
De ahí en fuera, prefiero regalarle mis cincuenta y dos pesos a los tepos con huaraches cumbieros que terminarán roncando como osos, tirados a media calle, sin un centavo en la bolsa y con una caguama a medias.
Bonito el futuro que me espera.

Decía mi abuelo que un aguacero debería poner fin a todos estos años de sequía, arrasar con los cadáveres y enviarnos a una Virgen en el cielo que nos platique de las catástrofes que nos esperan. Una que cumpla sus promesas. Una que se ajuste a nuestros caprichos. Y hoy, luego de cocinarme a fuego lento para consumo y diversión de quién sabe quién, no puedo estar más de acuerdo con él: necesito un aguacero y una Virgen.


Anoche llovió. No fué un aguacero comparable con el diluvio pero al menos refrescó los ánimos.
Y ya que mandó un intento de aguacero, ahora el cielo solo me debe un intento de virgen. No hay pedos, sé esperar.






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