Sandra tenía un monstruo bajo su cama. Era una bestia pequeña y que fácilmente se acomodaba en el rincón que la niña le asignó. Varias veces al día, Sandra se paseaba por su cuarto para llevarle restos de comida o galletas que se robaba de la alacena. El monstruo comía como un animal domesticado, agradeciendo con la mirada y hasta pareciera que amando en silencio.
Durante mucho tiempo ese fué el contrato. Uno le proveía de un secreto y la otra le proveía de alimento. Pero una noche, aquel se cansó de ser la mascota y buscó la salida. El contrato se acabó. El secreto terminó.
Sandra, metida en sus sábanas, le vió salir debajo de la guarida, rumbo a la ventana. La bestia no pudo burlar el sencillo seguro y le hizo señas para que le abriera. Sandra dijo que no. El monstruo insistió. Sandra dijo que no. Y presa del enojo, la tomó del brazo y le clavó las uñas. La sangre manchó la cama y el dolor no pudo arrancarle un alarido a la niña porque tenía la boca tapada. El monstruo insistió, quería libertad. Sandra lo golpeaba débilmente con su otra mano sin conseguir que la soltara. Las lágrimas no le conmovían ni el saberla indefensa.
La pequeña se retorcía de dolor y la furia se apoderó de la bestia. Le arrancó el brazo y le dió unas cuantas mordidas frente a la mirada atónita de la víctima. Poco después, Sandra se desmayó.
La tomó por la cabeza y tiró con fuerza pero no pudo desprenderla. Solo consiguió desprenderle una parte y dejar enormes charcos de sangre. Así que cargó al pequeño cuerpo y lo azotó contra la ventana varias veces. El cristal se rompió y pudo huír.
Al escuchar el ruido, doña Susana corrió al cuarto de su hija. Abrió la puerta. Encendió la luz. Don Adrián iba detrás, molido luego de doce horas de un trabajo que odiaba. La escuchó gritar.
Al ver el cuerpo desmembrado y la sangre esparcida desde las sábanas hasta la ventana, Don Adrían salió inmediatamente de la casa con el arma que tenía en el segundo cajón del buró a lado de su cama. Y con los ojos inyectados de odio, de furia y de impotencia, le asestó cinco tiros al perro de la familia, dando por hecho que había cobrado venganza.






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