
Hay un lado intrincado y, digamos, oscuro en todos nosotros. Algunos sabemos que está ahí y otros solo se lo sospechan, pero no hacen mucho por saber de qué se trata y le dan una ligera patadita pa' mandarlo, así como si nada, al fondo de la chingada, pues la forma en la que maquina el cerebro es un desmadre y hay que invertirle cierto seso y tiempo si se quiere saber con quién nos la estamos rifando. Aparte, dicen los que saben, que vivimos en la superficie de tal maquinación y que lo bueno, lo de verdad sabrosón, ocurre en las cloacas de nuestras pendejadas que llamamos ideas, lo cual lo hace más complicado y más de hueva.
He sido conciente de ese demonio desde la infancia, pues ese placer insano de destripar hormigas, golpear a mi perra [una perra llamada Canica, Dios la tenga en su santa gloria...] y destruir contra la pared algunos juguetes nuevos, no podía ser producto de otra cosa mas que de mi lado culei... o de una demencia progresiva que no ha recibido terapia.
Hace ya algunos meses, una amiga me preguntó por MSN porqué escribo de la manera en que lo hago, sobre todo hizo hincapié en aquel relato quesque gore que me aventé 3 días antes de mi cumpleaños [el cual, por cierto, no está tan lejos y si esta vez alguno de ustedes quiere verse generoso y ganarse mi esclavitud, haga el favor de regalarme el Journals del de Seattle. Gracias, gracias!]. Me preguntó, bajita la mano, que si en mi casa soy una persona reprimida o tímida o agachado o como chingaos quieran decirle y que si vengo aquí a desfogar mis traumas atravesados en el culo o que qué pedos conmigo. Otras personas me han preguntado cosas parecidas, que porqué tanto odio, que porqué tanta babosada, que porqué esto, que porqué aquéllo... Y cuando respondo que lo que leen es lo que soy, en mayor o menor grado, hacen un lindo gesto de desaprobación, como si no hubiera otras cosas en mí.
La voz popular dice que ese debería ser un costado despreciado, dado que es el mismo que usa el adulto para golpear sin justificación al niño; el fuerte para despedazar al débil; la soberbia para jugar a imponerse ante la totalidad. Yo digo que es algo así como el hijo pródigo de la inteligencia y que no representa mayor peligro si se le maneja con cuidado y se conserva en un lugar fresco y seco.
No se puede despreciar, evitar ni eclipsar algo que es parte fundamental de uno. Bueno, al menos yo no puedo y eso me ha agenciado que la gente se cree una imagen errónea de mí, a veces demasiado en contra y a veces demasiado a favor.
Y sé que tal vez debería tomar entre mis brazos a mi hija deforme y esconderla de los ojos del mundo, creyendo que con eso la mantengo segura. Pero no lo haré. La amo demasiado como para tenerla en un calabozo, alimentándola con tv y películas porno y diciéndole que todo estará bien, que algún día tendrá todo lo que ha soñado, que tiene un ángel de la guarda y que jamás intentaré convertirla en una puta que me mantenga. Porque gracias a ella ahora conozco a gente excepcional y no he dejado en el olvido recovecos que valen mucho la pena conservar.
No. Yo no estoy dispuesto a cubrir un simple abismito cuando me proporciona semejantes beneficios. Pónganme la etiqueta en la espalda o en la frente, por mi no hay pedo [bueno, mientras no sea en el fufuy], porque una vez que el primer empujón me arrancó la castidad, los demás cincelazos me vienen guangos...

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