
Yo siempre creí que era un genio, que en mí habitaba una fuerza desmesurada y desconocida por el resto de la gente. Neto. Tenía seis o siete años cuando me decía a mí mismo que iba a ser un chingonete del dibujo, la pintura o ya de perdis, monero de periódico. Hacía garabatos en mis libretas y retratos de mis compañeros, mis maestros o dibujos que jamás enseñaba a nadie. Veía paisajes que me causaban fascinación al dibujar, como aquella isla en forma de jícama con una larga varita sosteniéndola por el centro y uniéndola a la tierra, que dibujaba una y otra vez, poniéndole, quitándole, perfeccionándola.
La sensación de abstracción que me producía el dibujar no la sentía con otra actividad. Jugar, por ejemplo, no me aislaba tanto del mundo conectándome con mi interior, por mamila que esto suene. Hacer monos, imaginar situaciones, caracterizar garabatos era mi vida. Desde el kinder hasta parte de la secundaria, donde poco a poco la adolescencia hizo pedazos mi gusto por el dibujo, cambiándolo por un sentimiento de odio, abandono y suicidio, típico de la edad.
La recreación es algo a lo que las escuelas y muchos padres de familia, poca atención ponen. Ven el juego del niño o cualquier actividad de abstracción de manera muy superficial, al no poder recordar la enorme importancia que tiene el perderse de la realidad mediante el lenguaje propio, el mundo propio, el universo propio.
Creo que es un error referirse y tener en la cabeza que la recreación es un simple pasatiempo. Yo digo que no lo es. Hay algo más, una conexión con algo de lo que no sé su nombre pero que sé que ahí está. El reconocimiento de tal entidad viviente no es algo que pueda cultivarse o decir que es exactamente esto o aquéllo. Es una insinuación que se saborea en ciertas ocasiones, como cuando alguien te regala un abrazo que necesitas o comparte un silencio que no es incómodo. Como un despertar tranquilo y descansado después de un día de dura chinga en el trabajo. Es una batería natural. Un explosivo de la inteligencia, el amor y el equilibrio entre ambos.
Si alguna vez han tenido esa sensación, niñas, creo que está de más que siga tratando de explicar. Si no la han tenido, créanme que se han perdido de una deliciosa rebanadota de.. de.. eso.
No. Resultó que siempre no soy un genio. Ahora trato de creer que seré un ejecutante decente de la lira y que tocaré en una banda de bar y que algún día, cuando termine de pagar esta factura de la que ignoro el concepto, tenga en mis brazos a un par de amigos, una pareja y un par de hijas a las que les cuente algunos cuentos para hacerlas dormir con un gesto de auténtica felicidad.
Tal vez, con buena suerte y machete en mano, aún pueda hacerse posible.

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