Es jueves. Los jueves ya no son lo que solían ser y los septiembres siguen oliendo a peda segura a mediados de mes. Tláloc anda de buenas y nos regaló una meada para descender la temperatura del puto horno con nombre de ciudad en que vivimos. Y en las mañanas, hace un friíto eléctrico que te obliga a permanecer en cama o a sacar la cabeza por la ventana camino al trabajo, dejándote esa sensación que te murmura que no estás tan muerto como sospechabas.
Y dan ganas de creer. De ser cándido e ingenuo y vivir a ciegas sin pinches costras húmedas en el alma. O de salir volando a la expectativa. O de ganarse un corazón a pulso y mantenerlo por largo tiempo. Nada de palpitaciones en las sienes ni caminos mal trazados. Ganarle la apuesta al demonio y cagarse de la risa. Siempre victorioso. Como en los viejos tiempos. Y atardecer sin que los hombros carguen ese peso de sí mismos. Ser ligero y volátil y repartir sonrisas de franco flirteo a petición de un alma despierta, ágil, inteligente.
Y que la realidad no se pasee tan seguido con su sorna y sus tintes de cabaretera. Y que al día siguiente despiertes y esté de nuevo aquí. Entibiándote. Con una vena conectada a tu pequeño corazón. Para siempre. Y que esa humedad en el sexo te recorra de nuevo. Y que la piel pida a gritos morir entre sus brazos porque el mundo les queda chico y el universo aún es terreno virgen esperándoles impaciente.
Y cerrar los ojos. Y abrirlos y que siga ahí. Y sonreír satisfecho y mirar con pretenciones de infinito. De regreso a casa. Siempre de regreso a casa.






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