Y se sentó a ver jugar a los ángeles, detrás de una nube. Siempre quiso ser uno de ellos. Hablar como ellos. Ser divino y protegido bajo el manto de lo Eterno. Y no ser un demonio. Porque esto de ser demonio le pesaba demasiado. Mucha carga para él. Era cierto que las juergas eran interminables, que los excesos corrían con vida propia y que don Luci siempre tiraba el Infierno por la ventana para pasarla bien. También era cierto que el sexo jamás faltó y que las demonias eran ninfómanas insaciables, pervertidas, divertidas. Parecía que no había razón para quejarse. Pero ser un demonio era mucha carga para él. Así que un día, ese día, se escapó del Infierno y tomó camino directo a los linderos del Paraíso. Con un miedo sin medida y una curiosidad de esas que nos hacen latir como bombas a punto de reventar.
Y, perdido en sus ilusiones de ser un ángel asexuado, sobrio y perfecto, no advirtió la fuerza descomunal que le venía por la espalda y que, al principio, era una tranquilidad y una felicidad que jamás había sentido, pero, instantes después, le hizo trizas.
Agonizante, el pequeño demonio trató de regresar al Infierno para, por lo menos, morir en la furia del viejo Lucifer.
Pero no fué así. Esa misma fuerza, ahora hecha luz, le reventó la cabeza de un rayo y cayó fulminado.
Los ángeles, al ver lo que había sucedido, dejaron de sonreír y dóciles entraron de nuevo al Paraíso.
Hace 10 horas


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