
Pero pos no...
El amor de pareja se nos vende como el último peldaño en la escala de las felicidades. Decir que no muerdo el anzuelo y que estoy más allá del bien y el mal, sería una falacia achingonadora [y hasta, chale, medio punketa] pero no me llevaría muy lejos. En resignación, admito que transito la vía que obliga a desear la enfermedad de la dependencia y la publicidad engañosa, los catorces de febreros y las canciones que se archivan con propósitos de futuros ayayays. Y aunque cortaré esa vena, me tomaré la sangre y saldré victorioso como el perfecto imbécil que soy, en el mientras tanto hay otro amor que deseo y que sé tampoco tendré.
Una hermana menor... demonios, siempre quise una. Incluso ahora, que las posibilidades se han reducido a un desesperanzador cero, sigo queriendo. Tal vez por eso... no: puedo asegurar que es por eso que, aunque me lo niego en la conciencia, inconcientemente convierto a la mayoría de mis amigas en mis casi hermanas... o eso intento. Ni tan en mis adentros, profano la amistad que se me confía convirtiéndola en un enfermizo cariño carnal [de carnalitos, cabe aclarar...], obviamente, no correspondido. No hay devanaciones de sesos al respecto, pero no por ello deja de causar el caminito solitario en el pecho que deja toda decepción. Porque, si yo hubiera tenido la fortuna, ay, niñas...
Es una idealización, lo sé. Comprendo que las cosas pocas veces serían como las imagino y que no nos llevaríamos de la manera en la que lo proyecto. Aún así, sé que habría buenos, muy buenos momentos de esos que solo las mujeres saben regalar. Y también puedo asegurar, que en sus ayeres figurarían algunos cuentos que le habría escrito para ayudarle a dormir mejor. Emocionantes aventuras de piratas y tesoros, hadas y duendes envidiosos, tortugas sin caparazones y calamares gigantes, osos, abejas, palomas y toda la zoofilia a la que se induce a un menor mediante felices engaños. Le habría ayudado en cuestiones escolares. Le habría mal aconsejado en cuestiones del amor y psiques masculinas. Le arroparía en mis brazos cuando no estuviéramos peleados. Y nos iríamos al cine o a revolver mercancía en los tianguis [Cosas triviales. Siempre apuesto por cosas aparentemente simples y triviales]. Le protegería y me liaría a golpes con el pendejo que osara lastimarle. Y todo, pa' que finalmente le entregara sus castos orificios a un pinche chamaco puñeto de secundaria adicto a la pornografía. Ni pedos, yo no dejaría de querarla ni la abrazaría menos por eso.
Y de ahí pa'l real. Jo jo jo !
Uff...
Bueno, pero pa' qué le sigo si de todos modos nomás no me tocó ni me tocará tener carnalita? Así que mejor dejo esto por la paz, como sea, la espinita-chinga-quedito seguirá dentro. Ay!

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