Sostengo que ese algo no es un sentimiento dirigido. Es en sí mismo y su única función es producir felicidad en quien le posee. Es una sensación que me rebasa y se me escapa del pecho, abriéndose paso hacia los demás. No puede atrapársele. No puede nombrársele. Y, como la muerte, no admite términos de comparación. Es y mientras es, me estampa una sonrisa de pequeña victoria, como si ser total fuese un lujo y no una necesidad imperativa del corazón. Y es entonces cuando quiero repartirlo. Descerrajarte un tiro en la cabeza y darte a comer esta fruta que te dará precisamente lo que necesitas. Sin juegos de afectación. Sin terceras manos ni ojos intrusos que juzguen lo que hacemos. Porque, de suceder, ni lo abyecto en mí podría detener semejante caída. Y sería como una bala perdida y como la piedra en el pozo que visito. Y ni el cariño del después de sanaría tales chancros. No en mí. Pero si sale bien, te garantizo una plenitud que ya presiento. Una tarde con llovizna y una mañana sin sobresaltos. Un café recién hecho y una construcción de cuatro manos. Una sonrisa cómplice y un infinito delicioso. Y nada de medias tintas ni dolores innecesarios.

Y mira, mujer, que no es mucho lo que tienes que hacer: solo extiende la palma de tu mano.






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