En mi limitada concepción de la realidad, aún atando cabos y desatando nudos, se me escapa de las manos el comprarme la idea del así llamado éxito en la vida, cuya traición parece evidente a cada grano que se le vaya añadiendo.
Mientras me administro en pequeñas dosis los ideales [tales como tener una banda de bar, un par de hijas que luego se irán o cambiar al mundo], leo en las miradas y voces ajenas [y ya van varias] la ilusión a gran escala que, de no llegar a ser, implicaría una caída del mismo tamaño. Y me pregunto entonces si es en mí un miedo al fracaso [o al éxito arrollador? oh, anda, dilo, dilo!] o si es la raíz que crece en mis pies hundiéndose cada vez más en la tierra y por eso, más que una meta lejana, ilusoria y envolvente, me arrejunto a las que fácilmente se pueden sopesar y platicar con ellas en un espacio pequeño, cómodo y con preciosas luces bajas. Y neta que me lo pregunto por ocio y latidos sutiles de soberbia, ya que conozco la respuesta.
Me instalo, podría decirse, en la justa media [o ni tan media], pues el otro lado de la masa [que a los ojos del triunfador en potencia su existencia es para menos debido a la falta de dirección], arrasándose en el placer instantáneo [café incluído!], aunque me deja con la espina en la espalda y convulsiones de acróbata novato, es demasiado ligera y a la larga aburre [como la mayoría de las cosas]... y ambos me hacen sostener, con una sonrisita socarrona, que moverse entre los extremos siempre será delicioso.
No hay, según yo, tal cosa como la baratija esa de tianguis que se empeñan en llamar éxito. La simpleza de la realidad siempre impedirá que la felicidad se nos escape de las manos con la conocida y odiada rapidez que tanto nos encabrona. Está a cada paso, solo es cuestión de relajarse y dejarse consentir... [oh, vamos, no es tan complicado...]
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Hace 5 días

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