"Y no es que ser Juliette ya le haya cansado. No. Sucede que, desde hace ya mucho tiempo y casi sin darse cuenta, ha ido dejando en el olvido a la hermosa mujer que habitaba en su interior."
-Chío


Julián ha sido
maricón [puto, como ustedes suelen decir] toda su vida. Desde los cinco años disfrutaba horrores ver y tocar las semillas ajenas de lo que algún día se convertirían en suculentos trozos de carne. Juegos de exploración en los que nadaba en placer y hacía nadar en placer a los demás niños. Habilidad natural, vocación, pinche y vil putería, llámenle como quieran, pero siempre estuvo ahí.
Criado entre mujeres, jamás fué un problema su homosexualidad, muy al contrario: era el oído confidente de su madre y sus hermanas, el decorador del hogar, el alma de las fiestas familiares... vaya, un estuche de monerías. Y en la escuela tropezó alguna vez con los homofóbicos, pero siempre salió bien librado gracias a su inteligencia y su facilidad para los madrazos: "soy puto, pero entre las piernas tengo lo mismo que tú, pendejo!" le decía al que derribaba de un puñetazo si osaba burlarse de él.

En la secundaria y en plena adolescencia, los placeres del cuerpo se mezclaron con los placeres del corazón y cayó rendido ante esa personalidad varonil de quien fuera su mejor amigo. Pero para aquel solo había sido probar algo nuevo, la comezón de la calentura, pero no estaba enamorado de Julián.
Hundido en la depresión, entró a la preparatoria. Nada grandioso, en realidad. Un par de amoríos, fiestas, cogiditas ocasionales... pasar de largo con los ojos medio cerrados. Lo importante de ahí, fué que conoció a Rocío, una chava harto inteligente y sensible, quien leyera en sus ojos a una mujer en potencia y no a una simple mariposa.

Bueno, el tiempo pasó, salió de la preparatoria y se dedicó un tiempo a trabajar como mesero en un bar. Las propinas eran buenas y no podía quejarse; sus compañeros eran camaradas y nunca se la hicieron de jamón por ser puñal. Agradable, en una palabra.
Todo marchaba bien y, cierto día, Chío comenzó a removerle ideas que desde la adolescencia le circulaban, pero de las que jamás echó mano, no por otra cosa más que por miedo. Y a final de cuentas terminó por darle los ánimos suficientes y arriesgarse a intentarlo: Juliancito se volvió travesti y montó el mejor chou que jamás hayan disfrutado tus jodientes exigencias.

Dueño del escenario y un talento indiscutible, Julián cambió de nombre y de vida: Juliette era la mujer que siempre había querido ser y que solo vivía a la mitad, entre una homosexualidad y un deseo imposible. Un éxito arrollador, un público satisfecho, un cerrito de dinero y una amiga incondicional. Mierda, qué más podía pedir?
Y por mucho, mucho tiempo esa fué su vida. Parejas van, parejas vienen y en el camino se gana y se pierde.

Pero con el paso de los años algo ha mutado en Julián. Ya no es el mismo. Esa alegría chabochona sigue ahí, sí, pero sus maneras ya no son las mismas. Y, como viendo el mundo por primera vez, sus sentidos se despiertan ante un buen par de nalgas femeninas, de pechos y modos que pareciera que antes no se paseaban ante sus ojos. No es pasajero, lo sabe, pues desde hace un buen se ha venido cocinando en su cabeza una posibilidad que alguna vez consideró inaceptable.

Los hombres ya no son lo que solían ser, es como si hubieran perdido la gracia y estuvieran hechos con moldes. Las mujeres se le antojan, fantasea, se arrepiente y fantasea de nuevo. Y recuenta los años, los logros, los fracasos, los hijos que no ha tenido, el padre que ahora le gustaría ser. Dónde quedó aquella mujer? Cuando se murió Juliette?

Sentado en su camerino, mientras se pone la última capa de angel face tono canela, ve detenidamente el espejo y advierte a un Julián vestido de mujer y no a una Juliette atrapada en un Julián. Y no le extraña. Y no le duele. Y no ha sido tiempo perdido. Ni una vida tirada a la basura. Es como si le estuviera esperando pacientemente, detrás de una piedra, escondido con una sonrisa de condescendencia.
Tocan a la puerta y hay que salir, pero este chou ya se acabó, piensa, y fué bonito mientras duró, pero ya es hora de dejarlo morir...






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