
Mantenerte relacionado es, finalmente, lo que cuenta. Vivir sin ningún tipo de relación es una total pérdida de tiempo, de fuerzas, de vida.
Conocer [o intentar conocer] a alguien, cómo piensa, experimenta y concibe el mundo, es un ejercicio que me hace sentir tremendamente bien [igual que el sexo y el chocolate]. Los problemas que ello implica, ya bien librados, resultan un reconfortante colchón para tirarme a disfrutar aún más de esa persona. Porque eso es lo que hago: disfruto de las personas [por que se me pega la gana y por cobrarme las canas verdes que lleguen a sacarme]. Suena de lo más cursi, lo sé, pero eso es lo que hago.
En mayor o menor medida, termino perdiéndome en sus maneras de ser, de beberse, de atragantarse con la realidad. Veo cómo dilucidan su entorno, mi entorno, el entorno... y cómo agitan sus manos cuando hablan, cómo cierran los ojos cuando recuerdan, cómo sonríen cuando se asombran y cómo miran cuando se entristecen. Soy yo. Siempre soy yo, de alguna u otra forma. Repetido muchas veces. Viviendo ajenamente.
Es delicioso. Siempre resulta delicioso. Es una oferta que no puedo rechazar. Un grito que no puedo reventar. Una verdad entera que solo tiende a propagarse. Siempre a propagarse. Y el terminar una conversación con esa sensación de bienestar, me hace pensar que a pesar de los pesares, vivir vale la pena. Y que hay muchas personas que la valen y muchas que no.
Creo, neta, que ser un animal domado es una injusticia menor cuando tienes una buena plática. La soledad es buena, no lo niego, pero no soy yo cuando estoy solo... definitivamente no.
Hace 5 días

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