Decía que solo quería vivir en un mundo que le diera inmortalidad y muchas mujeres, drogas, alcohol y un perro guardián. El perro guardián se llamaría Marino. Marino sería un pastor alemán. Alemán por su desmedida admiración hacia Hitler. Hitler, el hijo pródigo de Alemania. Por eso Marino habría de ser alemán.
Tendría un enorme patio. Un patio lleno de flores y cosas por el estilo. Lleno de insectos de los que desconoce el nombre, pero que le gustan por los colores o los sonidos que hacen. Habría una mujer al fondo del patio, sentada a lado del columpio. Sería una mujer bajita y de ojos grandes. Desnuda. Sonriente. Y desnuda de nuevo. Sería la mujer que soñó un 29 de Junio, el día de la tormenta. Te acuerdas? te acuerdas del día de la tormenta? me dijo. Yo le dije que sí. Siempre finjo acordarme. Y de los rayos que cayeron ese día, te acuerdas de los rayos? Si, le dije, me acuerdo de los rayos.
Sería un mundo metal, decía. Sería un mundo metal y mi perro guardián me miraría apachurrado cuando se estuviera muriendo de hambre. Eso sería muy triste. Como cuando el señor ese se comió a mi hermana. Yo por eso me quiero morir mañana. Tú no te quieres morir, le dije. Yo me quiero morir mañana. Aparte, mi mamá cree que estoy loco. Ella no cree eso. Si lo cree. No lo cree. Cómo lo sabes?. He hablado con ella. En serio?. Si. Porqué no ha venido? No ha tenido tiempo. En un mundo metal el tiempo no es importante. No estamos en un mundo metal, Mario. Lo sé, lo sé. sabes porqué no he muerto? Porque? Porque arriba hay un Dios. Y ese Dios me quiere vivo para algo que no me ha dicho. Mientras, solo se divierte viéndome sufrir. Yo hago como que no me doy cuenta, pero sé que lo hace. Dios no quiere verte sufrir. No es Dios, es un Dios.
[Un largo silencio]
Te cuento algo?
Un día ellos discutían por el dinero, los niños, la falta de tiempo, sabes? y ella se quebaja por que no se sentía amada y le preguntó si había algo que no le hubiera cumplido. Él contestó que no, pero pensó: - Sí, sí hay algo...

Pero no le dijo nada. Creyó que era mejor callarlo. Eso no tiene sentido. Sólo intentó hacerla sentir mejor. Y ella nunca lo supo.
Siempre fué así. Él de verdad la quería. Y ella a él. Pero no sabían cómo decírselo.
[Otro silencio]
Déjame solo. Me quiero morir solo.
Y se tapaba de los pies a la cabeza con la sábana a la que alguna vez le escribió con letras chiquitas: 'JRd y un niño que grita aunque nadie lo escucha'. Y de ahí, al llanto. Todos los días. Todo el día. Sin mundos metales ni perros guardianes. Ni patios enormes ni mujeres desnudas.






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