Island ©

De La Infancia y El Horror Del Fin

Se supone
(yo también lo supongo) que la infancia es una excelente oportunidad para disfrutar la vida. No porque las siguientes etapas de nuestra existencia no sean terreno fértil, sino porque la infancia tiene (en la mayoría de las personas) todos los requisitos necesarios para que la experiencia tenga una trascendencia incomparable con otra edad. Siento que quien logra una infancia por lo menos medianamente feliz, ha resuelto la mitad de su vida. Los sicólogos dicen que sí. Yo también.
Ser niño o niña es genial. Para mí lo fué. Lo disfruté -a pesar de los pesares- y me quedé con ganas de más. Con ganas de fantasear en perfecta libertad, con ganas de ver tv tirado en el piso, de correr y gritar sin que se me dijera nada, de treparme por todos lados en los parques, de comer jícamas con chile siendo totalmente inmune, de no ser morboso, de volar, de pelear contra los malos y ganarles (pinches piojitos), de no preocuparme, de enamorarme de manera inocente de la chimuelita de a lado, de no tener que portarme de tal o cual manera para quedar bien entre mi tropa, de ser un niño...yo quería seguir siendo un niño.
Odié entrar a la adolescencia. Quería seguir así, con la mente libre, sin tener que 'reponsabilizarme', 'crecer', 'madurar'...en fin, toda ésa mierda. Ví cómo lentamente la felicidad absoluta se diluía y cómo mis contemporáneos se entusiasmaban con el sexo, con tener pelos por todos lados, con que les midiera el doble, con trabajar y tener su propio dinero, con 'ser grandes'. Yo me veía impávido cual chica de película viendo marcharse a su enamorado. Fué difícil. Entré en una depresión que me duró mucho, que arrastré por mucho tiempo. Depresión de la que mi madre se enteró, pero no pudo hacer algo. Como sea, yo no quería que lo hiciera: comencé a disfrutarla.
Con el tiempo me cayeron muchos veintes. Terminé dando mi bracito a torcer, como todos. Y comencé a jugar el entretenido jueguito del que ya no podía escapar. Le encontré el modo y el gusto y ví que no era tan malo, que tenía su chiste, que a fin de cuentas sería sabrosón. Y supe también que la buena época de los mocos verdes comestibles había terminado, sin ninguna posibilidad de volver.
Y ahora que recuerdo mi infancia, siento maripositas en la panza porque, puta!, la disfruté como enano... como enano...
Así que procuraré, neta de las netas, por todos los medios que estén a mi alcance, que mis hijas tengan una infancia feliz. Lo más feliz posible.
A ver si no lo echo a perder por tanto querer.......mmmm.... chance y no






0 comentarios:

Anda, deja tu letanía...

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...