Cuando era niño, como a los cuatro o cinco años, recuerdo perfectamente cómo, antes de dormir, en penumbras, del cuadro que estaba justo arriba de mi cabecera, salían unos animalitos que no podía identificar. Me daban miedo, horror y no estoy seguro de sí les dije a mis padres de la existencia de tales criaturitas. Recuerdo que me decía a mi mismo que no las olvidaría, porque estaba seguro que al crecer, iba a saber qué eran esas cosas que desaparecían al encender la luz, escondiéndose de nuevo detrás del cuadro.
Una noche, en un arranque de valentía, traté de pegarle a uno de ellos, para matarlo, encender la luz y ver qué eran. No pude, eran demasiado rápidos y no se dejaban alcanzar tan facilmente por un chamaquito de 5 años.
Hoy, puedo decir que se trataba de mi imaginación y la sugestión que implica la oscuridad para un niño. Sería una buena explicación para intentar sacar de la duda al infante que vive en mí, dándome de zapes, completamente convencido de que esas cosas existieron realmente, detrás del cuadro que estaba arriba de la cabecera de mi cama y que mi miedo tenía fundamentos.
Hace 5 días

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