Se para frente al espejo, totalmente desnuda y se observa.
Lo sabe. Sabe que no sólo es bonita, sino que también está buena. Y lo confirma con ese ritual matutino de verse desnuda.
La forma de su cara, sus senos, sus nalgas, brazos y piernas, manos y pies, todo, le produce un sensación que le come el corazón. Al ver la perfección del conjunto no es consciente de que ella es la propietaria de tal belleza, sólo la disfruta, le hace sentir bien.
Pero una milésima de segundo después, vuelve sus ojos a la realidad: ella es la dueña de ese cuerpo, de esa belleza, de esa perfección. La integridad de la sensación anterior se pierde en un tumulto de elogios producto de la vanidad.
Sonríe.
Se viste y se prepara, tiene que ir a trabajar...
Hace 5 días

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