Matemos por placer. No por amor, ni en defensa propia, ni por la patria, ni en el nombre de algún dios ajeno a la Realidad, ni para mejorar el mundo, ni por viejas o tiernas venganzas, ni para acabar con las lindas plagas que acechan nuestras cabezas. No. Hagámoslo por placer. Sin rendirle culto ni cuentas a nadie, sin pesos de consciencia, ni largas horas de planes sin futuro. Que sea simple, claro, sin rodeos. Tomar nuestra arma y apuntar a la cabeza. Directo a la cabeza. Sólo una bala es necesaria. Las demás quedarán ansiosas, inquietas, deseando salir, ser como nosotros. Lo siento por ellas.
Mirarle a los ojos. Ver su terror, su saber que no hay nada más adelante. Tener ese poder en las manos y no darle una oportunidad. Ser un Dios, capaz de decidir, de quitarle cualquier esperanza, de afrontar una realidad de ese tamaño y sonreírse a sí mismo por la facilidad con que puede resolverse. Ser total ¿captas? Ser total.
¿Qué importa, entonces, que el mundo se caiga a pedazos? ¿Qué importan sus ciudades incendiarias y sus niñas vírgenes? ¿Qué importan sus cómodos empleos y sus ganas de vivir?
Hacer cualquier otra cosa no es suficiente. No dá el verdadero placer. El último placer.
¿Qué importa una vida mientras la tuya esté tranquila? No hay nada qué perdonar. Date cuenta.

(Está basado en lo que escribió Ary el sábado 02/08/2003. Me lo robé vilmente. A Ander ya no le extraña que lo haga, jejejejejeje....)






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